22 febrero, 2016

2º domingo de Cuaresma

Lect.:  Gén 15:5-12, 17-18; Flp 3:17–4:1; Lc 9:28-36


  1. A menudo algunas personas, quizás incluso entre nosotros, se extrañan de textos evangélicos que parecen raros, increíbles porque narran hechos que no son lo que reconocemos como normales. Para una mentalidad moderna, —y no solo la de los jóvenes—, el caminar sobre el agua, o multiplicar panes y peces, por mencionar un par de casos, no solo despierta escepticismo, sino que hace preguntarse sobre qué credibilidad pueden ofrecer entonces los evangelios en su conjunto si incorporan este tipo de relatos. Entre ese tipo de pasajes cae, también, el texto de Lucas que acabamos de oír. Pareciera un espectáculo de luz y sonido, fantástico, producto de imaginación primitiva . ¿Qué pensar de este relato?
  2. Las dificultades u objeciones pueden provenir de la no comprensión de la naturaleza del texto: Debe entenderse que se trata de un texto simbólico. Muchos de los pasajes evangélicos no son relatos históricos, crónicas de acontecimientos de la vida de Jesús, sino textos simbólicos que los evangelistas  construyen, o bien para expresar lo que era la fe de las primeras comunidades, o bien para transmitir experiencias espirituales que habían tenido algunos de los discípulos. Les resultaba necesario recurrir a este lenguaje simbólico, porque es mucho más rico y es necesario para expresar esa realidad de la vida de Dios en nosotros que no se puede encerrar en conceptos y en doctrinas. Es una realidad inexpresable en el lenguaje y razonamiento ordinarios. Los símbolos, las relecturas de Jesús sobre el trasfondo de personajes bíblicos importantes, proporcionan un lenguaje más rico, sí,  aunque presentan una dificultad doble. O bien se cae en la tentación de leer literalmente los símbolos, como si fueran hechos físicos, y con esto se distorsiona su sentido. O bien se intenta interpretarlos, pero las claves de interpretación no son fáciles e incluso, a menudo, hay varias posibles. En la primera tentación han caído grupos e iglesias cristianas a lo largo de los siglos, quizás porque no comprendían lo que era el lenguaje de los símbolos; o quizás porque al haberse distanciado de las raíces judías de los Evangelios, perdieron la posibilidad de entender cómo eran los tipos de narraciones empleadas por los autores sagrados. Lo más fácil era pensar que los textos de los evangelistas eran “narraciones de hechos históricos” y se leían entendiéndolos al pie de la letra. Si se recupera la capacidad de identificar los textos que son simbólicos, se nos abrirá la mente para entender mejor el mensaje de la Buena Nueva y superar los prejuicios que se generan al entender literalmente esos pasajes simbólicos .
  3. El pasaje de Lucas hoy es, probablemente, un texto que, con la ayuda de símbolos, intenta expresar la experiencia espiritual que tuvieron tres de sus discípulos más cercanos sobre la identidad profunda de Jesús (El pasaje está ubicado en el capítulo 9 en el que se habla de discusiones en el pueblo sobre la identidad de Jesús, y él mismo les plantea la pregunta, "¿Quién dice la gente que soy yo?"). 
  4. Pareciera que lo esencial de esa experiencia espiritual les enseñó a esos tres discípulos que en Jesús, —el mismo Jesús que habían conocido históricamente, con el que habían comido y bebido, caminado, pescado—  podía descubrirse un ser humano pleno, en cuya identidad podían distinguirse dos “niveles”:  un nivel físico, perceptible con los sentidos —rasgos que se podían ver, oír, tocar…—; pero en él existía también, una dimensión profunda, podríamos llamarla “interior”, aunque tan real como la física externa, donde la condición humana se enraíza con la divinidad. Esta dimensión ni puede percibirse con los sentidos, ni se puede expresar con palabras ordinarias y por eso la necesidad de recurrir a símbolos tales como los que usa Lucas: “blancura fulgurante”, “cambio en el rostro”, resplandor, brillo.  Los símbolos, provocativos, chocantes, apuntan a que descubramos un  nivel de la realidad que va más allá de las apariencias físicas a las que estamos acostumbrados, más allá del "yo" superficial que todos construimos.
  5. De este mensaje sobre la identidad de Jesús se derivan dos enseñanzas para los primeros discípulos y para nosotros hoy. La primera es que en la humanidad de Jesús estaba realmente esa  presencia de lo divino. Siendo él plenamente humano “en todo semejante a nosotros menos en el pecado”, como dice la liturgia, con esta enseñanza se nos quiere animar a que descubramos que también en nuestra propia humanidad está presente lo divino o, dicho de otra manera, que nuestra vida humana está contenida en la divinidad. La segunda enseñanza, muy conectada con esta, es que nuestras limitaciones humanas de todo tipo, —corporales, psicológicas e incluso morales— no contradicen ni pueden, menos aún, eliminar esa presencia de lo divino en cada uno de nosotros. Si la primera enseñanza nos hace maravillarnos de lo que significa ser plenamente humanos, la segunda nos hace superar el miedo a aceptar nuestra condición de criaturas, con todas nuestra limitaciones
  6. Un último detalle del mensaje del texto de hoy: Lucas nos dice que esta experiencia espiritual que tuvieron los tres discípulos se les dio al subir con Jesús al monte a orar. El monte era en las religiones antiguas, un símbolo del lugar del encuentro con Dios.  El descubrimiento de lo que es Jesús en lo profundo y de lo que es cada uno de nosotros, lo vamos a descubrir cultivando la oración, la meditación, —por supuesto no la repetición mecánica de plegarias, sino la oración como apertura a lo divino en nosotros—, que nos permita trascender las apariencias de nuestro yo superficial y captar un poco más lo que significa nuestra identidad profunda, nuestro verdadero yo de imagen y semejanza de Dios. Ω

No hay comentarios.:

Publicar un comentario