18 agosto, 2012

20º domingo t.o., 19 de agosto de 2012


Lect.: Prov. 9: 1 – 6; Ef 5: 15 – 20; Jn 6: 51 – 58

  1. En la famosa novela de ciencia ficción, de Robert Heinlein, “Extraño en tierra extraña” (1961), los marcianos han desarrollado una extraordinaria capacidad de conocimiento por la cual, una persona al conocer a otro puede convertirse en parte suya. Pierde en cierta forma su identidad individual, y se funde, se integra con  el otro. El verbo que expresa esa acción, inventado por el autor, es cercano para ellos a “comer” y “beber”, en cuanto es una función de asimilación mutua. Y es la forma más elevada de relación entre ellos, empática e intuitiva de mutuo enriquecimiento. Por supuesto, para la población terrestre esta “facultad marciana” resulta tan rara e incomprensible como para un ciego de nacimiento los colores. Sobre todo para una sociedad individualista, consumista y altamente mercantilizada como la que se autoimpulsa aún más a partir de la segunda parte del siglo XX.
  2. El evangelio de Juan no es “ciencia ficción”. Pero también se refiere  a realidades superiores y profundas y para expresarlas utiliza un lenguaje simbólico que nos puede resultar tan ajeno que preferimos la vía fácil al esfuerzo por abrirnos a su comprensión. La eucaristía de aquellas comunidades era una forma de expresar con símbolos y gestos la relación de comunión que asumían con la persona de Jesús. “Carne”, “sangre”, “cuerpo”, no eran para ellos sino la forma de referirse a la persona entera de Jesús. “Comerlo” y “beberlo” no era la materialidad de masticar un trozo de pan y beber un poco de vino en una liturgia, sino que la cena es el signo de fundirse en uno solo con la forma de ser de Jesús, con su forma de relacionarse con los demás, de actuar, de trabajar, de amar, de sufrir y de morir. Era un “salto”, —también como en la novela de Heinlein— de una identidad individualista, egocentrada, a reconocer o descubrir  una identidad nueva, más amplia, en la que “nos hacemos uno solo” con Jesús, con los demás y, por esa redefinición personal, con Dios mismo. De ahí  la radicalidad de las expresiones que Juan pone en boca de Jesús: el que “lo come”  “habita en mí y yo en él”. Y la identidad de vida a partir de ese momento cambia de tal manera que puede decir que es una sola y la misma cosa el flujo de la vida entre el Padre, Jesús y cada uno de nosotros.
  3. Pero también en este caso, ese nivel de realidad se ha vuelto tan incomprensible para nuestro modo de ver habitual, como para un ciego de nacimiento los colores. Estamos tan acostumbrados a pensar de nosotros mismos como entidades separadas, incluso antagónicas, en activa competencia por la supervivencia y el éxito, que hasta la práctica eucarística la sometemos a esa visión. Y la transformamos, cuando no en mero acto de culto, en una especie de “recompensa” individual, de “manjar de los ángeles” , de un “don sagrado” que se nos entrega, “alimento privilegiado” para seguir “creciendo en santidad” cada uno por su cuenta. Es una visión desde nuestro “viejo yo”, interesado, incapaz de entender que si de verdad creemos que Jesús habita en nosotros, esta convicción tiene que quebrar nuestra identidad individualista, y debemos creer, también de verdad, que nosotros mismos nos convertimos para los demás en “carne” y “sangre”, en “comida y bebida”, en personas que se entregan mutuamente, para que la vida plena se comunique y manifieste en todos y en todo.Ω

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