Ir al contenido principal

20º domingo t.o., 19 de agosto de 2012


Lect.: Prov. 9: 1 – 6; Ef 5: 15 – 20; Jn 6: 51 – 58

  1. En la famosa novela de ciencia ficción, de Robert Heinlein, “Extraño en tierra extraña” (1961), los marcianos han desarrollado una extraordinaria capacidad de conocimiento por la cual, una persona al conocer a otro puede convertirse en parte suya. Pierde en cierta forma su identidad individual, y se funde, se integra con  el otro. El verbo que expresa esa acción, inventado por el autor, es cercano para ellos a “comer” y “beber”, en cuanto es una función de asimilación mutua. Y es la forma más elevada de relación entre ellos, empática e intuitiva de mutuo enriquecimiento. Por supuesto, para la población terrestre esta “facultad marciana” resulta tan rara e incomprensible como para un ciego de nacimiento los colores. Sobre todo para una sociedad individualista, consumista y altamente mercantilizada como la que se autoimpulsa aún más a partir de la segunda parte del siglo XX.
  2. El evangelio de Juan no es “ciencia ficción”. Pero también se refiere  a realidades superiores y profundas y para expresarlas utiliza un lenguaje simbólico que nos puede resultar tan ajeno que preferimos la vía fácil al esfuerzo por abrirnos a su comprensión. La eucaristía de aquellas comunidades era una forma de expresar con símbolos y gestos la relación de comunión que asumían con la persona de Jesús. “Carne”, “sangre”, “cuerpo”, no eran para ellos sino la forma de referirse a la persona entera de Jesús. “Comerlo” y “beberlo” no era la materialidad de masticar un trozo de pan y beber un poco de vino en una liturgia, sino que la cena es el signo de fundirse en uno solo con la forma de ser de Jesús, con su forma de relacionarse con los demás, de actuar, de trabajar, de amar, de sufrir y de morir. Era un “salto”, —también como en la novela de Heinlein— de una identidad individualista, egocentrada, a reconocer o descubrir  una identidad nueva, más amplia, en la que “nos hacemos uno solo” con Jesús, con los demás y, por esa redefinición personal, con Dios mismo. De ahí  la radicalidad de las expresiones que Juan pone en boca de Jesús: el que “lo come”  “habita en mí y yo en él”. Y la identidad de vida a partir de ese momento cambia de tal manera que puede decir que es una sola y la misma cosa el flujo de la vida entre el Padre, Jesús y cada uno de nosotros.
  3. Pero también en este caso, ese nivel de realidad se ha vuelto tan incomprensible para nuestro modo de ver habitual, como para un ciego de nacimiento los colores. Estamos tan acostumbrados a pensar de nosotros mismos como entidades separadas, incluso antagónicas, en activa competencia por la supervivencia y el éxito, que hasta la práctica eucarística la sometemos a esa visión. Y la transformamos, cuando no en mero acto de culto, en una especie de “recompensa” individual, de “manjar de los ángeles” , de un “don sagrado” que se nos entrega, “alimento privilegiado” para seguir “creciendo en santidad” cada uno por su cuenta. Es una visión desde nuestro “viejo yo”, interesado, incapaz de entender que si de verdad creemos que Jesús habita en nosotros, esta convicción tiene que quebrar nuestra identidad individualista, y debemos creer, también de verdad, que nosotros mismos nos convertimos para los demás en “carne” y “sangre”, en “comida y bebida”, en personas que se entregan mutuamente, para que la vida plena se comunique y manifieste en todos y en todo.Ω

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Domingo de Pascua

Lect.:  Hech 10: 34-43; Col 3: 1-4; Jn 20: 1-9 Cuando decimos que para los cristianos la fiesta de la Pascua es el acontecimiento central de nuestra vida , afirmamos que estamos hablando de algo de lo que no es fácil hablar . Nos referimos al momento culminante de la vida de Jesús, de la vida de sus primeros testigos y de nuestra propia vida . ¿Cómo poder expresar ese momento culminante de manera fácil? ¿Cómo encerrar en palabras humanas unas realidades, vivencias que tocan lo más íntimo de nuestro ser y del ser de Jesús ? Durante muchos años hemos leído y meditado los relatos evangélicos de la resurrección y probablemente nos hemos quedado pegados en los detalles con que sus autores intentaron comunicar lo incomunicable. La resurrección de Jesús no es la vuelta a la vida en este mundo de un cadáver . Y, sin embargo, por las limitaciones del lenguaje, si los leemos literalmente, los relatos sobre la tumba vacía, sobre las apariciones a María Magdalena,...

34º domingo t.o.

34o domingo t.o. Lect: Ez 34: 11-12.15-17; 1a Cor 15: 20-26 a.28; Mt 25:31-46 1.    Esta grandiosa parábola a veces nos hace tirar la  imaginación a un lejanísimo tiempo futuro de un supuesto final de los tiempos. Es más, se nos olvida que, como todo relato parabólico, se trata de un cuento imaginativo que a través de Símbolos intenta comunicar un mensaje .  Y cuando perdemos esta perspectiva pensamos que el evangelio está hablando de algo que va a pasar tal cual y que hemos dado en llamar el "juicio final". Pero en realidad no es así. Por poco esfuerzo que hagamos para leer el texto de manera fresca, nos daremos cuenta de que Mt está hablando no del juicio "final" sino del juicio "presente". Todo lo sugerente de un juicio “final” es una forma simbólic de expresarse. La parábola tiene, por eso, un carácter revelatorio . Es decir, nos revela, nos quita el velo que oculta lo que nos sucede a cada momento, en cada uno de nuestros comportami...

Domingo de Ramos: DOS SUBIDAS A JERUSALÉN: UNA MARCHA Y UNA “CONTRA- MARCHA”

Lect.: Isaías 50:4-7; Flp 2:6-11; Lc 19: 28 - 40 En este domingo inicial de la última semana de vida de Jesús —lo llamamos ahora Domingo de Ramos—, se da un hecho clave para descubrir lo que significan para los evangelistas, los acontecimientos que conmemoramos en estas fechas. Es clave, aunque es probable que no lo hayamos oído mencionar en los púlpitos . El hecho es que ese domingo anterior a la muerte de Jesús coincidieron dos procesiones de ingreso, de subida a Jerusalén, por diferentes lados . Todos hemos oído narrar muchas veces la procesión de entrada de Jesús . Él subió esta vez, como probablemente lo había hecho en otras ocasiones anteriores, des las aldeas de Galilea. Era una práctica normal de peregrinación entre los judíos piadosos: subir a Jerusalén , la Ciudad Santa de los judíos, para la celebración de la Pascua. Solo que en esta ocasión, a pocos días de su muerte, los evangelistas caracterizan esta procesión de subida con rasgos especiales, como una marcha, aco...