05 agosto, 2012

18º domingo t.o., 5 de ago. de 12


Lect.: Éx 16, 2-15; Ef 4, 17-24; Jn 6: 24-35

  1. Las Olimpíadas son una maravillosa celebración de la vida, de las potencialidades corporales del ser humano, “más rápido, más alto, más fuerte”. Son una fiesta de hermosa competencia de superación física y mental. Y muestran, particularmente, las exigencias de entrenamiento, de disciplina y de muy alto nivel de salud y alimentación en todos los participantes. Cada uno de los atletas exhibe los resultados de un gran cuidado de años para el óptimo funcionamiento de su cuerpo.  Exhibe en alto grado, lo que en mínimos esenciales debería ser el ideal de salud física para todos los seres humanos. Por eso, además del disfrute, del carácter festivo y de su contribución al bienestar general, las Olimpiadas son el escenario perfecto en esta sociedad y economía actuales para pensar, por contraste, en los millones de personas que ni remotamente se acercan a esos mínimos esenciales. No se trata de aguar la fiesta, sino de asumir la responsabilidad global ante tan dramático problema de la humanidad y de reconstruir utopías de una sociedad más justa y solidaria.
  2. Por eso desde hace meses se inició la campaña para llegar hasta el compromiso del G-8 y posteriormente, al anuncio del primer Ministro David Cameron de aprovechar las Olimpiadas de Londres 2012 como el marco para anunciar una cumbre mundial de lucha contra el hambre y la desnutrición. Se trata también de animar a una alianza del sector privado para invertir en la agricultura, en especial, de países africanos afectados. Se trata de lograr que al menos la población de 50 millones más afectados logren romper ese ciclo de pobreza – hambre que impide su realización humana; se trata de detener esa espantosa e irracional cadencia  de 300 niños muriendo cada hora de hambre y desnutrición. 
  3. Cinco domingos de reflexión litúrgica sobre el signo de la “multiplicación de los panes”, con el telón de fondo de las Olimpiadas, es la ocasión para que las comunidades católicas que se reúnen a compartir el pan, caigan en la cuenta de la radicalidad del compromiso que conlleva participar en la eucaristía. Frente al discípulo preocupado porque no había “suficientes denarios” para comprar el pan para alimentar la multitud hambrienta, la categórica indicación de Jesús, —“denle ustedes de comer”— apunta con esperanza a lo que puede lograr el esfuerzo colectivo, comunitario, cuando cada uno, consciente de la realidad única que todos integramos, contribuye con lo que es y con lo que tiene a proteger los miembros más débiles del único cuerpo que somos.Ω

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