17 abril, 2011

Domingo de Ramos

Domingo 17 de abril de 2011, Ramos.
Lect.: Is 50: 4 – 7; Flp2: 6-11; Pasión según Mateo, 26:14 – 27:66


1. A pesar de que ya no pueda vivirse la cuaresma como preparación al bautismo, como lo era en las primeras comunidades cristianas; a pesar incluso de que el mismo sacramento del bautismo, al focalizarse casi exclusivamente en el de niños, ha perdido trascendencia y relevancia en la vida diaria de los adultos, con todo y todo, la Semana Santa podría darnos la oportunidad de un replanteo a fondo de nuestra vida cristiana. Al enfocarse en las últimas horas de Jesús, en la culminación de su vida, nos brinda la ocasión para concentranos en pensar en lo que fue lo esencial en todo su ser y su acción. Para qué vivió y por qué murió. Unos días privilegiados para hacernos las mismas preguntas con respecto a nosotros mismos. La Semana Santa podría ser esa ocasión. Pero no es fácil. Hay, al menos, un par de obstáculos serios para lograrlo.
2. El primer lugar, el relato de la Pasión y muerte, en nuestros ambientes cristianos, suele hacerse desde un ángulo más bien ritual que histórico. Se suele presentar y vivir desconectado de lo que fue el resto de la vida de Jesús. Sin darnos cuenta, lo seguimos repitiendo más como parte de un credo doctrinal; como parte de una “doctrina” lo heredamos como afirmaciones de “verdades” teológicas acerca de la necesidad de redención del pecado de Adán, de nuestros propios pecados, de nuestra condición humana… En vez de verlo como el recuerdo, la remembranza de la vida de ese Hijo del Hombre, cuyo compromiso con la “buena noticia del Reino de Dios” lo lleva a enfrentamientos que finalmente acaban con él. Perdemos de vista la inspiración que la vida y muerte de ese Hombre de calidad espiritual extraordinaria pueden tener para fecundar nuestra propia vida y encontrar nuestro ser auténtico.
3. El otro obstáculo, no desconectado del anterior, radica en algo que es inevitable producto de la naturaleza humana. Es normal que todas las generaciones, ante los hechos históricos, busquemos siempre sus efectos y su sentido para nuestra propia vida. Lo hacemos así ante cualquier acontecimiento que nos sucede, ante las figuras de próceres y notables y, por supuesto, también especialmente ante la figura de alguien, como Jesús de Nazaret, que ha marcado nuestras vidas. Eso es normal. El “problema” está en que al buscarle sentido, por ejemplo, a su vida, su pasión y su muerte, tenemos que usar un “marco”, un “horizonte” de interpretación que cambian con épocas y culturas. Las primeras comunidades cristianas recurrieron a su propia tradición judía para pensar lo que significaba esa pasión y muerte de Jesús. Y, lógicamente, lo ven en la perspectiva de la historia del pueblo desobediente a la alianza; en la expectativa de un mesías liberador, de un siervo doliente que padece por el pueblo, de la necesidad de un sacrificio agradable a Dios… Luego, por otras influencias, las comunidades lo piensan en clave jurídica, en términos de “saldar cuentas”, en restablecer la justicia con el “Dios ofendido”, … y luego las interpretaciones se mezclan.
4. Pero para nosotros en el siglo XXI esas raíces judías, o helenistas u otras, quedan ya muy lejos en la historia, a nivel existencial nada o muy poco nos dicen, hay que reconocerlo, y seguir pensando con sus lentes el significado de la pasión y muerte de Jesús no nos permiten hacer nuestra, personal, esa inspiración de los acontecimientos que vamos a recordar esta semana. ¿Desde qué perspectiva entonces repensar los relatos que vamos a escuchar, como la Pasión según san Mateo este domingo? Trataremos de ayudar a construir respuestas a lo largo de esta semana. Mientras tanto anticipemos que la perspectiva que proponemos tiene que ver con aquello que le dice el ángel al autor del Apocalipsis: “Toma (el librito) cómetelo; en tu boca será dulce como la miel, pero te producirá acidez en el estómago” (Apoc 10: 9 – 10). Los textos, relatos, recuerdos de la pasión y muerte de Jesús no son simplemente para estudiarlos, ni para discutirlos doctrinalmente, ni para conmovernos visceralmente como si se tratara de la película de Mel Gibson; son para “comérselos” y como con todo alimento, para digerirlos desde nuestra propia experiencia de vida.Ω

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