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Domingo de Pascua

Lect.: Hech 10,34a.37-43; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

  1. En este domingo de pascua creo oportuno empezar repitiendo la invitación que nos hizo el papa Francisco: "no nos limitemos a conmemorar la pasión del Señor sino que entremos en el misterio, hagamos nuestros sus sentimientos, sus actitudes”. En lo que se refiere a esta fiesta de hoy, no nos quedemos en conmemorar lo que sucedió a Jesús después de su muerte. Abramos nuestra mente, más bien, para entender lo que ese misterio de la pascua implica para nosotros.  Pablo, en la 2a lectura nos ayuda en ese esfuerzo, diciéndonos en qué consiste para nosotros la experiencia de la resurrección.  No nos deja lugar a dudas. Con claridad y contundencia afirma:  Ya hemos resucitado con Cristo,  buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Ya hemos muerto, y nuestra vida está con Cristo escondida en Dios.
  2. Es un primer anuncio de lo que se trata vivir el misterio de la Pascua. Cobremos conciencia de lo que se nos dice que nos ha sucedido con la resurrección de Cristo: que ya hemos muerto con él, que ya hemos resucitado y que ya nuestra vida está con Cristo dentro de Dios. Está hablando de nuestra realidad actual, no de una expectativa para el final de los tiempos, para el más allá. De momento no nos esforcemos demasiado por entender. Ya iremos reflexionando poco a poco en los próximos domingos. Basta, por ahora, caer en la cuenta de cuál es la fe de los primeros cristianos y cuál es, pues, nuestra fe. 
  3. Vivir el misterio de la Pascua es saber que ha hemos resucitado y que nuestra vida está ya con Cristo en Dios. Por eso, nuestras aspiraciones no pueden ser otras distintas de las de vivir en plenitud esa vida de Cristo en Dios. Eso es lo que Pablo llama "los bienes de arriba". Al haber ya resucitado con Cristo podemos aspirar  legítimamente a llevar nuestra capacidad de amar a plenitud, una plenitud, como fue en Jesús, que nos permite desinteresadamente regalar, compartir esa vida con todos los demás. Podemos aspirar a amar no porque los demás sean buenos y merecedores de nuestro interés, sino simplemente porque son lo que son. Podemos simplemente aspirar a amar como Jesús, haciendo de nuestro amor una vivencia, divino humana, que ayude a que los demás puedan liberarse para ser plenamente lo que pueden ser como humanos, como hijos e hijas del hombre. Vivir de esta manera, es vivir nuestra vida sumergida en Dios. Este es el fondo del misterio de la resurrección, de la de Jesús y de la nuestra. Estas semanas de Pascua no solo iremos tratando de asimilar mejor este misterio de nuestra propia identidad, sino que iremos abriendo nuestro espíritu para vivir esta experiencia de vida nueva.Ω

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