17 mayo, 2015

Fiesta de la Ascensión

Lect.: Hechos 1,1-11; Efesios 1,17-23; Marcos 16,15-20

  1. Durante 40 días hemos estado celebrando lo que la tradición cristiana ha llamado el “misterio pascual”, —de Jesús y de cada uno de nosotros. Con esa expresión, “misterio pascual”, queremos decir, en primer lugar, que una vida como la de Jesús, consagrada a dar vida abundante, a través del amor, el servicio y la solidaridad, alcanza, con el momento de la muerte como entrega final, la plenitud de vida humana en el seno mismo de la gloria de Dios. De ahí que Pablo dijera, como lo proclamábamos el mismo domingo de Pascua, que ya mismo hemos muerto y “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3: 1 - 4). Se trata, sin duda, de una revelación, de un descubrimiento maravilloso de lo que es la dimensión, última, la más profunda de la vida humana y de nuestro enraizamiento en la misma divinidad, en la misma vida del Eterno, que no son dos realidades separadas como lo dijimos el domingo pasado con imagen de la vid y de la chayotera.. Pero, así como es de maravillosa, esta afirmación no es nada fácil de entender. ¿Porque qué se quiere decir con esas frases de Pablo, diciéndonos que ya hemos muerto y que nuestra vida está escondida en Dios? ¿No es cierto que son afirmaciones que parecen contradictorias con lo que de hecho vemos y sentimos en nuestra vida diaria?
  2. Se trata de entonces de una verdad profunda que trasciende nuestras formas habituales de entender y expresarnos. Se trata de una verdad que, por referirse a nuestra dimensión más profunda, divino humana, resulta inefable, inexpresable con todo lenguaje ordinario. De ahí que cada época y cada cultura han tratado de aproximarse a este descubrimiento, según sus propias limitaciones y posibilidades, y logran apenas captar algunos aspectos diferentes. Incluso en las mismas primeras comunidades cristianas había una diversidad de maneras de expresarse, aunque quizás no nos hemos puesto detenidamente a observar las diferencias en los relatos. Para algunos, como las comunidades del evangelista Juan, es en la misma crucifixión donde Jesús alcanza la gloria de Dios. La muerte se abre de inmediato para Jesús a la vida del Eterno. Así Juan no habla ni de resurrección ni de ascensión, sino de muerte y glorificación. Otros, sí hablan de resurrección, pero la entienden no como la vuelta a la vida de un difunto, sino como el paso de la muerte de Jesús al nivel superior mayor al que se puede aspirar, el de la misma vida en el seno de Dios. Otros, en fin, como es el caso del relato de Lucas, que acabamos de oír, habla de momentos diferentes, muerte, resurrección y ascenso al cielo. Es un intento de explicar, según la mentalidad de la época, desagregando el misterio pascual, en varios momentos (Jesús muere, luego resucita, luego sube al cielo y ahí es glorificado por Dios).
  3. Por cualquiera de los caminos de explicación las diversas comunidades  llegan a comunicar su convicción de que el punto de llegada de una vida como la de Jesús, es alcanzar la plenitud de vida humana al interior de la misma divinidad,  Y es también nuestra propia meta de llegada. Quizás, para comunidades como la de Lucas e incluso para nosotros mismos, usar la palabra “ascensión” sirve para dar la idea del paso a un nivel superior de vida humana que, en aquel ambiente judeocristiano, era pedagógico para entenderlo como participar en la gloria de Dios. Esto es lo esencial que transmitimos cuando decimos que creemos en la ascensión de Jesús al cielo. No nos referimos, por supuesto, a la interpretación literal del texto entendiendo que en un momento determinado Jesús, delante de sus discípulos empezó a subir, físicamente (como si se tratara de un cohete enviado al espacio). Esa era su forma de representarlo, porque en su visión del mundo la tierra, plana, era el centro de la realidad, y estaba rodeada por diversos cielos. (Recordamos que, por ejemplo, Pablo habla de haber subido hasta el tercer cielo (2 Cor 12). Pensemos que ellos no tenían, ni podían tener, una imagen del universo como lo tenemos nosotros hoy, conscientes de que la tierra es solo un puntito pequeñito, parte de un sistema solar insignificante, en el borde de una galaxia, entre millones.
  4. No nos quedemos, en una lectura literal de los evangelios porque los haríamos un obstáculo a nuestro avance espiritual y a la mentalidad del mundo moderno. Abramos nuestro corazón y nuestra mente para que, más allá, de los textos escritos, el Espíritu nos haga avanzar en la comprensión del misterio pascual que es el misterio de nuestra vida humana.Ω

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