20 enero, 2013

2º domingo t.o., 20 enero de 2013


Lect.: Is 62, 1-5; I Corintios 12, 4-11; Jn 2, 1-11

  1. Aunque parezca extraño, mucha gente se ha apartado de las Iglesias y de las prácticas religiosas, no por maldad ni por indiferencia, sino porque no han encontrado en ellas un camino para profundizar en el conocimiento de sí mismos y, todavía peor, tampoco una forma de alcanzar un encuentro vivencial con Dios. No sé si nos hemos preguntado por qué sucede este paradójico fenómeno. Sin darnos por completo la respuesta, el texto de Juan, en el evangelio de hoy sí nos proporciona pistas para descubrir lo que sucede ahora, y sucedía ya en el tiempo de Jesús, aunque en otra situación cultural.
  2. El relato de las bodas de Caná es un hermoso texto cargado de simbolismo que nos ayuda a entender que no es lo mismo practicar una religión, incluyendo la católica, que caminar hacia el encuentro vivencial con Dios y con el ser más auténtico y pleno de uno mismo. Pasar del agua al vino, venía a simbolizar el paso de cumplir unos ritos religiosos y un conjunto de mandamientos, —cumplidos como parte de meras tradiciones y como un fin en sí mismo, como un punto de llegada—, a una actitud dinámica de búsqueda y descubrimiento de Dios como fuente de vida y de las cosas que, en el mundo, en la sociedad y en la historia personal producen vida.  Lo que aquí Juan expresa simbólicamente con una escena de bodas y de una fiesta en que de repente aparecen más de 500 litros de vino, —¡qué fiestón se anunciaba!—, no es más que una manera de decir, con los símbolos de un acontecimiento humano  que Jesús viene para ayudarnos a descubrir la vida abundante y gratuita, como don principal recibido de Dios, para que la comunidad humana disfrute de plena alegría y felicidad. En un texto posterior, el mismo evangelista pondrá en labios de Jesús esa esperanzadora frase: “Yo para esto he venido, para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10:10).
  3. En la Palestina de aquel tiempo la religión no estaba ausente. Todo lo contrario. Un majestuoso Templo presidía toda la vida social y política, desde lo alto de la colina de Jerusalén. Una alta Jerarquía de sumos sacerdotes, se encargaban de su funcionamiento, y cientos de sacerdotes urbanos y rurales procuraban animar al pueblo continuamente a cumplir con fiestas, diezmos y sacrificios, y a escuchar la palabra y a tenerla presente en sus frentes y en los umbrales de sus casas. Y, sin embargo, para Jesús, todo este aparato religioso no era más que agua contenida en vasijas de piedra, inertes, incapaces de traer gozo y vitalidad al pueblo, incapaces de poner al servicio de la vida, las instalaciones religiosas, así como el poder político y económico ligado al mismo poder religioso. Era preciso sustituir todas aquellas vasijas llenas de agua, por vino, símbolo de las cosas que en este mundo producen alegría y vitalidad al ser humano. Era preciso sustituir aquel mundo religioso no con una nueva religión, que podría ser más de lo mismo, sino con las buenas noticias de que cada persona, puede encontrar en el fondo de su ser el nivel profundo de divinidad de donde procede toda realización humana plena que  produce amor, comunidad, alegría.
  4. De alguna forma, el símbolo de las bodas de Caná está asociado a la celebración de la eucaristía que realizamos cada domingo. Y por eso de aquí quizás no salgamos más “religiosos” en el sentido de más llenos de ritos y creencias, pero sí más entusiasmados con ese maravilloso don de la vida y entusiasmados a trabajar para que haya para todos más vida gratuita y abundante.Ω

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