14 septiembre, 2014

Exaltación de la Santa Cruz

Lect.: Núm 21,4b-9;  Flp 2,6-11; Juan 3,13-17

  1. 2014 es un año que marca un terrible aniversario para la humanidad. Cien años del estallido de la primera guerra mundial, en que murieron alrededor de 15 millones de personas, casi la mitad de ellos civiles. Con esta ocasión el Papa Francisco ha visitado dos cementerios donde reposan miles de víctimas de uno y otro bando y ha denunciado una vez más "la locura de la guerra". En Costa Rica podemos tener la tentación de dejar pasar las palabras del Papa pretextando que habla de algo muy lejano de un país que se considera la "Suiza centroamericana", que no tiene ejército, que no se mete en guerras, que es amante de la paz. Pero coincidente con la denuncia de Francisco, una publicación periodística esta mañana nos da un titular alarmante: "Costa Rica: el país sin ejército que aloja medio millón de armas". Y nos da cifras que tienen que ponernos a pensar, solo menciono tres:  “Entre armas de fuego legales e ilegales, hay más de 450.000 unidades. Alcanza un arma para cada diez habitantes, una tasa mayor a la de El Salvador y a la de Colombia”.El promedio nacional fue de 47 delitos con arma de fuego cada día en el 2013.  68% de los asesinatos del 2013 en Costa Rica se cometieron a balazos . Tal porcentaje supera en 20 puntos al promedio mundial y en 10 puntos la cifra de hace 10 años en el país”. “En el 2006 ya el 55% de la población creía en el poder defensivo de las armas de fuego contra el crimen”.  Ante esta situación, hay dos proyectos de ley para reformar el marco legal de las armas: uno restrictivo y otro más permisivo, aunque aún no empieza el debate político.
  2. El Papa no se ha limitado a denunciar una vez más la violencia de la guerra. Ha apuntado a las causas de la misma. "Detrás de cada «decisión bélica»,insistió, está «la avaricia, la intolerancia, la ambición de poder», los intereses de la industria armamentista” “y estos motivos a menudo encuentran justificación en una ideología; pero antes está la pasión, el impulso desordenado”.    Pero está, sobre todo la indiferencia hacia el otro, resumida en la respuesta de Caín al Señor que le pide cuentas de la suerte de su hermano Abel: «¿A mí qué me importa?». Esto es –constató Francisco– «el lema desvergonzado de la guerra», que «no mira a la cara a nadie: viejos, niños, mamás, papás». Millones de vidas truncadas y sueños destrozados,...”   Entonces al hablar así de las causas de la violencia irracional, en pequeña o grande escala, ahí sí parece que nos toca también a nosotros, habitantes de un país que quiere ser pacífico y pacifista. Un gobernante costarricense, así casi 70 años, prohibió el ejército. Pero este acto simbólico, importante, no podía generar por sí solo la paz. Debió de haber sido tan solo el comienzo de programas permanentes para construir la paz. Por una parte, frente a modelos económicos que generan desigualdad y pobreza, en el fondo alimentados por esa avaricia, y ambición de poder que señala el Papa, era necesaria una línea permanente que priorizara el logro de la mayor equidad posible para toda la población. Y, simultáneamente el sistema educativo y las iglesias, tendrían  que haber mantenido y desarrollado programas de formación para la paz, que superen la intolerancia y la indiferencia, ese "qué me importa a mí", que Francisco señala como la causa principal de la guerra. 
  3. La solución del problema no se reduce a fomentar las armas para defenderse o a prohibirlas por completo para eliminar las actitudes violentas. El frío no está en las cobijas, como dice el dicho popular. Hace falta nacer de nuevo, le decía Jesús a Nicodemo. Hace falta descubrir lo que somos, no meros seres competitivos, egocentrados, como a menudo funcionamos. Levantando la vista al Crucificado podemos descubrir qué es lo que nos salva: Una manera de vivir que no intenta crucificar a los demás para evitar ser crucificado. Una manera de vivir que reconoce que la supervivencia y plenitud de la vida propia pasan por trabajar por la supervivencia y plenitud de los demás; que me construyo a mí mismo cuando construyo a los demás, no cuando los destruyo; cuando descubro a cada uno de los demás como otro yo y no como un enemigo del que hay que defenderse. Hace falta una sociedad, iglesias y familias distintas de las que fomentan la economía y la política actuales.Ω

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