15 junio, 2014

7º domingo de Pascua, la Ascensión

Lect: Hechos 1,1-11; Efesios 1,17-23;  Mateo 28,16-20

  1. El esfuerzo de comprensión del acontecimiento de la Pascua y el esfuerzo  pedagógico de algunas de las primeras comunidades cristianas por transmitir el contenido de ese acontecimiento llevó a esas mismas comunidades a separar lo que fue un solo acontecimiento como tres momentos, resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo. Con el mismo ánimo pedagógico las celebraciones litúrgicas continuaron  dedicando tres fechas distintas sucesivas, para celebrar la Resurrección, la Ascensión y el Envío del Espíritu Santo. Nuestro entendimiento humano siempre necesita apoyos para entrar en realidades espirituales que nos trascienden. San Pablo, en varias de sus cartas ––—que son los escritos más antiguos del NT, anteriores a los evangelios—, nos ayuda a entender que se trata de tres dimensiones de un solo acontecimiento. Para Pablo lo que nos dice el mensaje es que Dios levantó a Jesús de la muerte, y lo exaltó a Jesús a su propia vida, de tal forma  que Cristo es ahora el Viviente, que vive solo en Dios y para Dios. Lógicamente, en la mentalidad y visión del mundo de aquella época, los escritores sagrados tenían que expresar estos misterios hablando de “subir hacia Dios”. Nosotros ahora sabemos que es una manera de hablar de aquel tiempo, que Dios no está arriba y que Jesús no tenía que ascender, subir físicamente a ningún lugar para entrar en una vida nueva, en una forma de existencia en la que vive solo en Dios y para Dios.
  2. Con esta fiesta —que llamamos, con Lucas, la Ascensión—, lo que estamos afirmando entonces es nuestra fe en esa exaltación de Jesús, que vive para siempre en Dios y para Dios. Está “a su derecha”, dicen en el lenguaje de la época, también. Al mismo tiempo estamos confesando que en esto está nuestra propia plenitud, la plenitud de la vida humana, según la perspectiva cristiana. El domingo de Pascua tratamos de comprender mejor nuestras expresiones de fe, diciendo que los evangelios no querían presentarnos la resurrección de Jesús como si fuera una “resuscitación”, la vuelta a la vida de un cadáver, que regresa a la vida de este mundo como antes, con todas las limitaciones de la vida terrestre. En el presente domingo, con la imagen de la Ascensión, entendida por san Pablo como una exaltación a la vida plena de Dios, podemos acercarnos mejor a entender que la idea de un cadáver vuelto a la vida de este mundo se queda muy corta, muy lejana, de esta riqueza de plenitud que es la vida en Dios.
  3. San Pablo nos dice que con Cristo hemos sido todos levantados, resucitados también (Rom 6:4) Y si hemos sido levantados con Cristo, debemos despertarnos a vivir una vida de resurrección, a andar en la novedad de vida y a buscar las cosas de esa vida nueva, de“arriba”(Col 3:1)   de manera que en cada momento, en cada situación, —no importa si de dolor o de disfrute— podamos vivir la plenitud de nuestra vida humana, nuestra comunión con Dios  y nuestra comunión profunda entrañable con todos los seres humanos, con todos los vivientes y con toda la naturaleza de la que formamos parte. Sin duda que aún nos queda un gran trecho para crecer en conciencia de lo que somos, para caer en la cuenta de que esta es la realidad profunda de nuestra vida de hoy. Ojalá que cada una de nuestras reuniones eucarísticas cada domingo nos ayuden a progresar en este proceso de iluminación.Ω

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