16 junio, 2014

Fiesta de pentecostés.

Lect.: Hech. 2: 1 - 11; : I Corintios 12,3b-7.12-13;  Juan 20,19-23

  1. Lo que llamamos "fiesta de Pentecostés" no debemos pensarlo como la conmemoración de un hecho particular, de un evento histórico que sucedió en algún momento de la vida de las primeras comunidades. Algo así como cuando conmemoramos la fecha de la Independencia nacional, o el aniversario de la Batalla de Santa Rosa, o la firma de la Declaración de los Derechos humanos, u otras muchas efemérides. Lo que estamos reflexionando y celebrando en este domingo no es un hecho pasado, sino la realidad presente de la vida de cada uno de nosotros, tal como la descubrimos a la luz de la Buena Noticia del Reino. 
  2. Esa realidad extraordinaria es la de nuestra completa inserción o inmersión en Dios, la realidad de que todo el aliento que nos permite vivir, actuar, trabajar, relacionarnos, amar e incluso morir, es el mismo aliento de Dios, el Espíritu divino que nos da la existencia permanentemente, al punto que nos atrevemos a decir, con san Pablo, que “es el mismo Dios el que obra todo en todos”.
  3. Puede que nuestra limitada lectura de los textos sagrados nos de la impresión de que meramente estamos conmemorando una fecha, en otra época, en que Jesús envió el Espíritu a sus discípulos, y que los evangelistas y Pablo narran de diversa forma, —Lucas refiriéndolo a bastantes días posteriores a la muerte de Jesús, Juan ubicándolo en el aposento en que se encontraban, el mismo día de la Resurrección. Pero, esa diversidad en las narraciones en realidad no importa, porque a lo que nos refiere es a los momentos de toma de conciencia por parte de los discípulos de la hondura de vida que estaban viviendo también ellos como resucitados.
  4. Como hemos venido meditando en domingos anteriores, la resurrección de Jesús es la exaltación de Jesús a la vida del Padre, para vivir solamente en Dios y para Dios, en una nueva forma de vida, una vida plena, sin las limitaciones propias de la existencia terrena. Habiendo resucitado con  Cristo, como dice Pablo, participamos del mismo Espíritu de Dios, que lo levantó de la muerte, y que nos hace vivir una vida nueva, aunque todavía con las limitaciones de nuestra condición actual. Como dicen maestros espirituales,  vivimos lo infinito en lo finito, lo impermanente en lo permanente, el gran Donante en los pequeños dones, el gozo supremo en los breves momentos de alegría. Pero lo estamos viviendo ya por el único Espíritu que nos da la vida. 
  5. Pablo no quiere caigamos en el error de pensar que esto es un privilegio individual, ni siquiera de unos pocos y se esfuerza por recordarnos que todos y todas somos miembros de un mismo y único cuerpo. Que aunque manifestemos una gran diversidad, —diversidad de rasgos, de funciones, de dones, de identidades—, compartimos una misma existencia, más allá de nuestro pequeño ego. Esto explica por qué, como escribe el Apóstol más adelante en la misma carta, “cuando uno de los miembros de ese cuerpo sufre, todos sufren” (I Cor 12: 26). Es una realidad de comunión que incluso nos vincula  estrechamente con el conjunto de la naturaleza, de la creación la cual, "gime dolores de parto, esperando ser liberada de las semillas de corrupción. (Rom 8:19-23).  Damos gracias a Dios que nos permite avanzar poco a poco en este conocimiento de nuestra realidad humana enraizada en la realidad divinaΩ.

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