07 abril, 2013

2o domingo de Pascua


Lect.:  Hechos 5, 12-16;  Apoc  1, 9-11a. 12-13. 17-19  Evangelio: Juan 20, 19-31

1.      Cinco semanas, cinco domingos de este tiempo que llamamos Pascual, no es suficiente para profundizar lo que los evangelios quieren enseñarnos sobre ese acontecimiento que llamamos "resurrección".  Es apenas para empezar a darnos pistas que tenemos que recorrer y desarrollar. Por una parte, nos sirve para superar ideas equivocadas, que traíamos quizás desde nuestra etapa infantil de un mundo mágico. En primer lugar, como decíamos la semana pasada, caer en la cuenta de que lo que el NT llama "resurrección" no es la vuelta a la vida de un cadáver. Si lo pensamos con cuidado, aparte de que este no es el acontecimiento del que hablan los evangelistas referido a Jesús, no sería tampoco un gran regalo resucitar de esa manera. Equivaldría a volver a la vieja condición de debilidad corporal y mental. Sería algo así como repetir el mismo espectáculo, con toda la carga de sufrimiento que tiene nuestra condición humana. Como dice algún comentarista, más que una hermosa realidad, la resurrección así entendida sería una condena, que inevitablemente  llevaría a morir de nuevo. Y si se repitiera, sería como el hámster que sigue dando sin cesar las mismas vueltas, encerrado en su jaula. Sin superarse. Sin romper la jaula.
2.      Los evangelistas, más bien hacen ver que Jesús "sí ha roto la jaula". Porque Jesús "no vuelve a la vida", ya estaba en la vida que es Dios y ahora, al concluir su etapa terrena, liberado de toda atadura, se manifiesta en Él plenamente esa vida. Ha nacido de nuevo, como lo anunciaba a Nicodemo, a un nivel o dimensión profunda de la vida que antes estaba velada a la percepción sensible. Estaba velada a los que lo rodeaban, a sus mismos discípulos quienes es ahora, tras la muerte en la cruz y la sepultura, empiezan a experimentar esa presencia de la vida de Dios en Jesús, de una manera nueva. Tan nueva que no saben ni cómo expresarlo y tienen que recurrir a relatos de apariciones y visiones para tratar de comunicar esa nueva experiencia que supera el lenguaje ordinario. Tan nueva que se llenan de dudas, aunque en el texto de hoy las personalizan en la figura de Tomás. Antes pedro y los discípulos varones habían desconfiado de los relatos de las mujeres. Por eso decíamos también el domingo pasado, que son los discípulos los que resucitan, en el sentido de que ahora es cuando empiezan a experimentar a Dios en Jesús de una manera tan distinta que cambia sus vidas.
3.      Tener fe en la resurrección es aceptar que también nosotros podemos ya aquí y ahora experimentar ese nivel profundo de nuestra vida, de nuestro ser.  No es esperar hasta el último día, como le aclaró Jesús a Marta, la hermana de Lázaro. Y que resucitando ya, aquí y ahora a ese nivel, dando ese salto de conciencia,  podremos vivir en ese nivel al punto de que la muerte supondrá una liberación de ataduras, un nuevo nacimiento definitivo a ese ser profundo en que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, como decía Pablo.
4.      Es todo un trabajo personal el que tenemos por delante para ir identificando en nosotros los signos de ese nivel de vida en Cristo resucitado ya presente en nosotros . Es un camino de redescubrimiento no solo de lo que es Jesús, de lo que es el Cristo del que formamos parte sino, al mismo tiempo, un redescubrimiento de lo que somos cada uno de nosotros.Ω

1 comentario:

  1. Qué hermosa reflexión, me encanta la profundidad que tiene y lo que, a nivel de nuestra búsqueda de espiritualidad implica. Gracias por abrirnos esta veta de reflexión.

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