28 mayo, 2017

Domingo de la Ascensión: subir a la montaña símbolo de iluminación

Lect.: Hechos 1:1-11;  Efesios 1:17-23;  Mateo 28:16-20
  1. Cuando los evangelistas hablan de resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo —pentecostés—   no están hablando de tres acontecimientos separados, como parecen indicarlo el uso de frases como, “cuarenta días” o cincuenta días. Creencia reforzada por una catequesis tradicional, que no se enraíza lo suficiente en estudios bíblicos. Aunque también, quizás sin quererlo, la celebración litúrgica da lugar a ese error. Esa manera de expresarse la utilizan por razones catequéticas, explicativas pero, en realidad, están hablando de aspectos diversos de un mismo acontecimiento, de una misma experiencia y no de una “crónica” de hechos sucesivos. Es tal la riqueza de esta experiencia pascual que merece la pena irla considerando un poco por separado profundizando en esas importantes dimensiones. Y esto es lo que hacen las narraciones de los evangelistas aunque alguno de ellos hace ver que “todo” sucede el mismo día. (Por ejemplo, Juan 20: 17, pone en la experiencia de María Magdalena, la advertencia de Jesús, “Jesús le dijo:«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes».  Y unos versículos después narra la experiencia de los discípulos reunidos a los que les dice, “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes»  Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo».
  2. Hasta ahora, durante las seis semanas anteriores hemos hablado de las implicaciones de la resurrección en nuestra vida, lo que conlleva la afirmación de las primeras comunidades de que “hemos resucitado con Cristo”, y hemos  escuchado que el NT nos dice que se trata de un acontecimiento nuestro, algo que sucede en nosotros. En la perspectiva de Pablo no es algo que nos va a suceder, sino que ya ha sucedido o, al menos, que ya se ha iniciado. Es una participación en una experiencia en el Espíritu, por la cual el Viviente puede hacerse ahora presente en nuestra vida cotidiana, en la nuestra y en la vida de los otros. Es tan profunda esa participación en la vida divina que hemos podido llegar a afirmar, como decíamos el domingo pasado, que así como hablamos de la encarnación del hijo de Dios, deberíamos hablar de la “inspiritización” de cada uno de nosotros como hijos e hijas de Dios. Con ese término de la teóloga australiana que citamos el pasado domingo, por decirlo de alguna manera, es el Espíritu de Dios mismo el que va asumiendo nuestro espíritu para irradiar su presencia en el mundo. Él es el que pone en nuestros labios la oración que pronunciamos, es el que nos mueve en todo. Dios con nosotros, en la humanidad individual de Jesús de Nazaret, y ahora Dios con nosotros en la humanidad de nosotros los creyentes. Esta es una experiencia tan impactante que, decíamos también, nos hace vivir la vida con entusiasmo y agradecimiento por el carácter sagrado que da a esta humanidad frágil de cada uno y por la capacidad que nos da para transformar todo lo que nos rodea.
  3. Si ese es el sentido central de la Pascua, ¿cuál es el aspecto que subraya el relato de la Ascensión? Son varios los símbolos que utilizan los narradores para expresarlo: la ida a Galilea, la subida a la montaña, las dudas de algunos, ante la presencia de Jesús. Subir a la montaña es un símbolo que se encuentra en todas las grandes religiones para expresar los momentos de experiencia de la divinidad. En Mateo se narran cinco momentos de esos y apuntan a momentos no en los que se encuentra a Dios, sino en los que se cobra conciencia de su presencia en nosotros. Así fue, por ejemplo, en el Monte de las Bienaventuranzas o en el de la Transfiguración. Ahora, en el monte de Galilea, el evangelista quiere dejar bien claro que esa presencia de Dios en Jesús, la tendrán sus discípulos hasta el final de los tiempos. Pero para Mateo, esto se da con una condición: en la medida en que permanezcan “en Galilea” adonde no tienen siquiera que buscarlo porque él los espera ahí. Obviamente no es el lugar geográfico sino lo que simboliza: las periferias, los lugares de la gente sencilla y necesitada, como lo eran las aldeas galileas, por contraste a los centros de riqueza y poder. Ahí empezó la actividad apostólica de Jesus y ahí invita a sus discípulos a que la continúen. Subir a la montaña de la ascensión representa, entonces,  el momento de abrirse a la iluminación para ver, descubrir cuál es la plenitud de vida humana que estamos llamados a realizar.  Con palabras de Pablo, en la segunda lectura de hoy, es el momento, o los momentos en que el Padre de la gloria, nos concede el espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; en que iluminando los ojos de nuestro corazón podemos conocer cuál es la esperanza a que hemos sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria que ya nos ha otorgado (Efesios 1:17-23).  Esa sabiduría nos permite descubrir y entender lo que ya se nos ha dado. Subir a la montaña de la ascensión es descubrir lo que ya somos y ver que nuestra vida, tal cual es, con las limitaciones propias de nuestra condición humana histórica, ya está escondida con Cristo en Dios (Col 3:3) 
  4. Semejante descubrimiento es tan maravilloso que nos empuja a compartirlo con otros. Es lo normal querer comunicar una experiencia que nos ha impactado, nos ha transformado y nos ha hecho autovalorarnos. Ese es el sentido de la misión, del envío. No se trata, para nada, de ir a “matricular” gentes para fortalecer nuestra iglesia; mucho menos a imponer una doctrina como la única verdadera. Los cristianos hemos cometido serios errores cuando hemos entendido la misión de esa manera. Y son errores que, lamentablemente, han llevado a atropellar tradiciones arraigadas de otras culturas. Por el contrario, la misión, el envío debe surgir como la realización del impulso  a mostrar con la práctica de nuestras acciones de servicio, que la experiencia de la vida en el Espíritu puede dar luz a hombres y mujeres, en primer lugar para que ellos descubran también que el Espíritu habita en ellos. Y luego, para darse cuenta de que ahí esta su fuerza para enfrentar los retos que plantea la vida en este mundo. Ω

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