08 marzo, 2015

3er domingo de cuaresma


Lect.: Éx 20: 1-17; 1 Cor 1: 22-25; Jn 2: 13-25

1. Aunque el episodio de la "expulsión de los mercaderes del Templo" es uno de más popularizados en cuadros y narraciones catequéticas, eso no quiere decir que su explicación esté igualmente difundida. Nos quedamos a menudo con la imagen de un Jesús enojado y en pelea abierta con un número de  vendedores del pueblo, como si lo que indignara al Maestro fuera la realización de compra y venta en el Atrio del Templo, por parte de unos irrespetuosos pequeños comerciantes. Basta que nos detengamos un momento a ver cuáles eran las operaciones de los mercaderes para descubrir enseguida el fondo de la pelea de Jesús. Se trataba de actividades indispensables para el culto oficial del Templo. Los animales que se vendían eran para los sacrificios y debían cumplir con los requisitos de la Ley judía. El cambio de moneda era para que a las ofrendas del Santuario solo entrara moneda considerada "pura" por su religión, y no monedas de regiones paganas. Ambas actividades eran, lógicamente, supervisadas por los sacerdotes. Eran oficiales y legales.
2. Con solo recordar este detalle nos damos cuenta de inmediato con qué y con quiénes está enfrentándose Jesús: con el aparato sacerdotal que ha distorsionado y corrompido la religión. Y la corrupción radica en haber "convertido en mercado la casa del Padre". Cuando el evangelista Juan escribe este capítulo de su evangelio ya han pasado décadas desde la destrucción de Jerusalén y de la pérdida de poder de la casta sacerdotal. No está dirigiendo este texto y su crítica a aquellos sacerdotes ni al aparato judío del Templo, sino que está tomándolos como referencia para advertir a la naciente comunidad cristiana del peligro de incurrir en la misma  distorsión de lo religioso.
3. La advertencia vale también para nosotros en el siglo XXI.
Se mercantiliza la religión cuando las Iglesias y su ministros, clérigos y laicos, se someten a los poderes político económicos; cuando descuidan las necesidades de las grandes poblaciones empobrecidas, y cuando se dejan arrastrar por sus intereses egocentrados, o por los institucionales eclesiásticos,  perdiendo el espíritu de servicio al pueblo, a las personas. Ese peligro nos acecha a todos, clérigos y laicos.
4. Tanto el domingo pasado,  de manera simbólica con el relato de la Transfiguración, como en el texto de hoy, de forma directa, Jesús hace ver que el Templo verdadero está en su persona y en la de todos los hijos e hijas amadas de Dios. Dar prioridad al servicio a las personas, que son el nuevo Templo, lugar de la presencia de la divinidad, es demostrar que no queremos convertir la casa del Padre en cueva de ladrones.

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