01 marzo, 2015

2º domingo de cuaresma

Lect.: Gén 22,1-2.9-13.15-18; Salmo 115; Rom 8,31b-34; Mc 9,2-10

  1. Este de hoy es un relato riquísimo, en el que Mc nos va a mostrar con imágenes lo esencial de la Buena Nueva de Jesús. Pero nos podemos perder su mensaje si nos quedamos en una lectura literalista del texto. El error sería ver el episodio como un espectáculo de efectos especiales con el que se tratara de presentar el poder de Jesús respaldado por un mundo sobrenatural. Para entenderlo mejor pensemos que el evangelista más bien trata de comunicarnos lo que fue una experiencia espiritual, subjetiva de aquellos tres discípulos con los que Jesús sube al monte. Y esa experiencia es descrita con símbolos del Antiguo Testamento familiares para la formación judía de esas primeras comunidades y que les permite expresar la manera como ellos entienden a Jesús. Vamos solamente a explicar los símbolos principales. Subir a la montaña, la nube que los envuelve, y las ropas resplandecientes, luminosas, nos están recordando de inmediato a Moisés encontrándose con Dios en la cumbre del Sinaí. Es la presencia de Dios la que lo transfigura, lo transforma. Marcos nos está diciendo que en esa experiencia espiritual de los discípulos ellos están entendiendo que Jesús, el hijo amado, es el nuevo Templo, el nuevo lugar en que se manifiesta la presencia de Dios. Esa presencia divina  está siempre presente en la humanidad de Jesús, aun en medio de las mayores pruebas aunque no se pueda ver, oculta por las vicisitudes de la condición humana.
  2. Al principio del evangelio, Marcos ponía como lo esencial del mensaje de Jesús el extraordinario anuncio de que el reino de los cielos, el encuentro con Dios, está cerca de cada uno de nosotros, en medio de nuestra vida ordinaria. No tenemos que esperar al final, después de la muerte, para encontrarnos con Dios, porque todo lo que somos, todo lo que actuamos, toda nuestra existencia ya, aquí y ahora, está enraizada y sostenida en la misma vida de Dios. Sin esa presencia ni siquiera existiríamos. Pero al mismo tiempo, vivir y anunciar esta realidad lo realizó Jesús en medio de continuas pruebas y dificultades, de persecución e incluso de su propia muerte. El  Espíritu se lo había anticipado al empujarlo al desierto, símbolo del lugar de pruebas, como lo vimos el domingo pasado. Para todos nosotros, pienso, este mensaje, que es lo esencial de la Buena Noticia, no resulta fácil de aceptar. ¿Cómo creer que estamos ya en el encuentro con la divinidad si nuestras imperfecciones y las de los demás, así como los males que nos rodean, parecen demostrar nuestro alejamiento de Dios? Los primeros discípulos tuvieron las mismas dudas que nosotros y pareciera que el significado de la experiencia espiritual de estos tres discípulos en esta montaña alta es precisamente esa, darles un chispazo, momentáneo al menos, de lo que significa ser hijo amado de Dios, trátese de Jesús o de cualquiera de nosotros. 
  3. ¿Podremos tener nosotros un chispazo, una experiencia semejante que nos fortalezca, que nos ayude a vivir vida plena aún en medio de los muchos sufrimientos y pérdidas de todo tipo? No, no es la intención de Marcos ponernos a desear esa forma de revelación. Más bien nos lleva en otra dirección. Nos invita a escuchar la palabra de Jesús. Escuchar la palabra quiere decir asimilarla, llevarla a la práctica siguiendo el mismo camino de Jesús construyendo fraternidad, solidaridad y justicia en los espacios en que nos corresponde vivir. Será a lo largo de ese seguimiento fiel que se nos irán aclarando las dudas, iremos crecimiento en conocimiento de lo que somos nosotros mismos. Identificándonos con él en la práctica cotidiana, en nuestras relaciones familiares, laborales y sociales, aun en los momentos más difíciles, iremos descubriendo y experimentando lo que significa estar dentro de la misma vida de Dios aun aquí y ahora en nuestra condición material humana.Ω 

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