22 marzo, 2015

5º domingo de cuaresma

Lect.: Jeremías 31,31-34; Hebreos 5,7-9; Juan 12,20-33

  1. Estamos terminando este tiempo de Cuaresma. Todavía no hemos llegado a contemplar la pasión y la muerte de Jesús. La reflexión litúrgica se detiene en momentos previos, cuando Jesús vivo, aún en plena actividad, pero ya con enfrentamientos con los sacerdotes del Templo, puede presentir la posibilidad de una muerte próxima. Es una experiencia que quizás muchos de nosotros hemos pasado. Tal vez con motivo de la muerte de alguien cercano, tal vez por atravesar un período de enfermedad, se nos ha venido a la mente la idea de nuestra propia muerte. ¿Cómo reaccionamos ante esta imagen de nuestro final físico? Puede que algunos rápidamente, atemorizados, "cambien de inmediato de canal". Mejor no pensar en esas cosas "todavía"; a otros puede que les deprima, les angustie. Puede que les llene de incertidumbre y les haga preguntarse si todo acaba aquí o, si hay otra vida después.
  2. ¿Cómo reacciona Jesús ante la perspectiva de su muerte? No nos lo presenta Juan angustiado, morboso, o negativo. Aunque sí cuestionándose, como cualquier otro ser humano. Como decíamos el domingo pasado, la perspectiva de la comunidad de Juan, donde se escribe este evangelio, es la perspectiva de la vida. Tienen la convicción de que seguir el camino de Jesús conduce a lo que hoy llamaríamos una vida plena. Y tienen la certeza de que Jesús mismo tiene esa convicción. Hasta tal punto que, incluso cuando piensa en la posibilidad de una muerte próxima, la ve orientada a la vida. "Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde."
  3. El evangelista no elabora más sobre ese punto. No explica cómo es que se realiza esa aparente paradoja, de que, muriendo se pueda dar vida. Solo nos deja la imagen del grano de trigo y de cualquier semilla que se pudre en tierra y produce una nueva planta, como una ilustración del modo cómo funciona la naturaleza. Pero si contemplamos toda la vida de Jesús, que consistió en una donación continua de lo que él era para dar salud, alegría, amor a quienes lo necesitaban, entonces podemos vislumbrar un poquito cómo es que entregar la vida en pequeñas muertes a lo largo de nuestra existencia puede ser fuente de vida. Pero Jesús muestra que se trata no simplemente de "perder la vida", sino de entregarla, de gastarla para producir más vida. Como dicen los espirituales, se trata de gastar el aceite de nuestra lámpara para que la mecha ardiente de luz a los demás. Esa convicción llevó a Jesús a entender la fecundidad de su muerte y puede también animarnos a pensar y a llegar a nuestra propia muerte viéndola como la culminación de nuestra realización en el don de nosotros mismos

2 comentarios:

  1. Estimado don Jorge,
    Su publicación cae como anillo al dedo en momentos en que mi familia ve próxima la culminación de la vida de mi abuelo. Es muy claro su mensaje y me invita a reflexionar mucho. Nos cuesta mucho aprender a vivir, a administrar nuestras vidas para ser plenamente feliz. Tememos pensar en una culminación de todo. No comprendo mucho eso de entregar la vida pequeñas muertes, quizás me pueda ampliar un poquito.
    Pido sabiduría a Dios para poder interioridad sus palabras y transmitirlas a todos los que me rodean. Bendiciones.

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  2. Gracias Errol. Incluso biológicamente cada minuto, cada segundo, mueren en nuestro cuerpo miles de células… para dar lugar a que surjan otras nuevas. Morimos además, cuando dejamos atrás hábitos, costumbres, creencias. Y sobre todo, cuando damos algo de lo que somos y tenemos para la felicidad y bienestar de otros. Esas son las "pequeñas muertes". Darles sentido a todas esas hará de nuestra vida una donación concreta. Y su culminación, como la de Jesús, una vida plena.

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