30 mayo, 2010

Fiesta de la Stma. Trinidad

Fiesta de la Santísima Trinidad
Lect.: Prov 8: 22 – 31; Rom 5: 1 – 5; Jn 16 12 – 15


1.En las lecturas de hoy hay dos llamadas de atención bien fuertes para sacudir nuestra manera de entender y vivir la vida religiosa. La primera nos la da el libro de los Proverbios. Al referirse a la sabiduría de Dios, a la vida de Dios, nos hace pegar un salto extraordinario. Nos habla de una realidad que está en la base de toda la realidad, incluso antes de que la tierra y nosotros existiéramos. Está en las cosas que se van creando y que está gozando en la existencia de los seres humanos. Es un salto que nos enfrenta a la enormidad del misterio de lo que llamamos Dios y que es, al mismo tiempo el misterio de lo que es la creación y lo que somos los seres humanos. Hay muchos otros textos en la SE que nos hacen esa misma llamada de atención. Pero citemos solo uno más, narrado con hermosa sencillez. En Éxodo 33,18 ss, está Moisés en la Tienda de Encuentro, dialogando con Dios, ante la nube de incienso que vela la presencia del Señor, y, en un arrebato de amor y de deseo, le pide a Dios: “¡Déjame, por favor, ver tu rostro! Y le contesta el Señor: Haré pasar ante ti mi gloria, y pasaré ante ti, pero cubriré tus ojos con mi mano para que no veas mi rostro. Cuando pase, retiraré mi mano y me podrás ver de espaldas; no puedes ver mi rostro sin morir”. En el casi ingenuo lenguaje de estos textos se nos comunica el mismo mensaje: no podemos representar a Dios ni con imágenes, ni con análisis, ni con dogmas o doctrinas. Siglos después Tomás de Aquino expresaría esta convicción diciendo que de Dios más conocemos lo que no es que lo que es.
2.Al mismo tiempo, en la liturgia de hoy hay una segunda llamada de atención. Los discípulos de la comunidad de Juan, unos 60 años después de la muerte y resurrección de Jesús, escriben este cap. 16 del evangelio que, sin duda refleja ya entonces, no una profecía de algo que iba a pasar, sino su experiencia vivida del Espíritu de Dios en ellos, que les va conduciendo de manera progresiva a la verdad. A Dios nadie le ha visto jamás, pero en el propio descubrimiento de lo que somos en profundidad vamos también descubriendo la presencia de Dios, guiados por el mismo Espíritu que está en nosotros.
3.Cuando de pequeños estudiábamos el catecismo, se nos entregaban una serie de conocimientos que ingenuamente pretendían revelarnos de manera concentrada los más grandes misterios de la vida. Para todo teníamos respuestas: “¿quién es Dios, cuántas personas hay en Dios, por qué decimos que Dios es justo, a quiénes premia Dios y a quiénes castiga?” Y así por el estilo. Dejo a un lado el tema de si esa forma de iniciarnos en la fe (ahora supongo que es muy diferente) era o no conveniente. Era, en todo caso, muy ingenua. Pero no menos ingenuos han sido los esfuerzos de las teologías posteriores cuando tratan de indagar en la realidad divina y hablan de la naturaleza de Dios, de las relaciones entre las personas de lo que llamamos la Trinidad y otras cosas parecidas, y lo presentan casi como una foto de la realidad. Esos esfuerzos teológicos eran necesarios e inevitables ante el empuje del espíritu inquisitivo humano que siempre trata de desagarrar los velos del misterio de la vida y la realidad. Y de hacer compatible las experiencias de la fe, con los avances de la filosofía y la ciencia. Por eso, por ej., en los primero siglos de la Iglesia se desarrolla la teología trinitaria tratando de dialogar con la filosofia griega. Son respetables y valiosos esos esfuerzos pero no podemos simplemente repetirlos siglos después, cuando ni siquiera los términos filosóficos de entonces nos resultan comprensibles a la mayoría.
4.¿Con qué quedarnos entonces de esta doble llamada de atención de la liturgia de hoy? Quizás con lo que podríamos llamar la apertura de unas ventanitas para que entre aire y renueve nuestra vida espiritual. En primer lugar, una ventana por la que podemos descubrir un nuevo muy viejo camino para acercarnos a Dios: el camino de la experiencia. Viendo el modo como Jesús vivía la presencia de Dios, ir descubriendo también nosotros el modo de descubrir esa presencia en el ejercicio del amor, de todo amor, del servicio a los más frágiles y de la compasión. Una segunda ventana es probable que nos permita ver en los relatos evangélicos grandes símbolos, grandes metáforas para abrirnos a dimensiones de la vida que a menudo nos pasan inadvertidas y que son, sin embargo, las dimensiones en que más se manifiesta la vida divina en nosotros. Y, finalmente, una tercera ventana la que nos abre la perspectiva de una luz cegadora, o de una oscuridad brillante, que rodea la vida de Dios y nos mueve a caminar con enorme respeto cada vez que nos referimos a él, y cada vez que cometemos la tontería de pensar que somos poseedores de su verdad. No cabe duda de que para renovar nuestra visión de Dios, de lo espiritual hace falta disponernos con un gran trabajo.Ω 

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