03 agosto, 2010

18º domingo tiempo ordinario

18º domingo t.o., 1 agosto 2010
Lect.: Ecles 12: 2. 21 – 23; Col 3: 1 – 5. 9 – 11; Lc 12: 13 – 21


1.En la zona en que vivía Jesús “un hombre rico” era de ordinario un gran terrateniente. Por eso lo toma de ejemplo para la enseñanza de la parábola. Pero si saltamos de ese lugar y esa época a las nuestras, y si intentamos captar la utilidad de esa enseñanza para cada uno de nosotros, tenemos que plantearnos en nuestro contexto el dilema que se plantea a ese hombre rico. El dilema es parecido, sea cual sea el nivel socioeconómico que vive cada uno de nosotros. Es el interrogante: ¿qué hacer con los bienes materiales que tengo? ¿cómo emplearlos? Por supuesto que las respuestas son variadas según el tipo de necesidades de cada uno. Pero Jesús, más allá de estas particularidades, simplifica para claridad de su mensaje, en dos posibles maneras de usar los bienes materiales: una, consiste en amasar bienes para sí mismo, y la otra, ser rico para Dios. Estas dos actitudes son las que tenemos que intentar comprender. Y quizás la mejor forma de entenderlo es empezando con la segunda, ¿qué puede querer decir eso de “ser rico para Dios”?
2.Si miramos la práctica de Jesús, y cómo él trataba los bienes materiales, podemos ver dos cosas. Por una parte que él vivía de manera muy simple y desprendida, pero por otra que él disfrutaba de esos bienes, en todas las ocasiones que compartía comidas, hospitalidad y amistad con la gente, y que se preocupaba hondamente por quienes carecían de lo básico, los pobres, los enfermos y los excluidos de los beneficios de aquella sociedad. La enseñanza práctica de Jesús es transparente: parece decirnos en términos nuestros de hoy, que todos los bienes de este mundo, como obra de Dios que son, deben verse como valiosos, como positivos con tal de que sirvan para mejorar nuestra calidad de vida, fortaleciendo nuestras mejores capacidades y los lazos de amor entre nosotros. Es decir, todos los bienes materiales son bienes al servicio de la vida de todos, y son valiosos por tanto en la medida en que sirven para el crecimiento pleno de cada uno, facilitándonos el poder ser y hacer las cosas con calidad. Facilitándome ser cada vez más mejor persona y mejor hermano de los demás. Sea que yo viva al día, o que viva holgadamente, si uso lo que tengo con este propósito es que soy “rico para Dios”.
3.Pero los bienes materiales dejan de ser “bienes”, es decir dejan de ser valiosos cuando este propósito se rompe. Cuando dejo de usarlos para crecer más como persona y como hermano de mis hermanos, y los uso para construir una forma de vida de comodidades superficiales, de “tirármela rico”, como dicen popularmente, o de darme “una buena vida” como dice el terrateniente de la parábola, ahí se quiebra el espíritu evangélico. Esa manera de vivir, apunta precisamente a lo contrario de ser persona y ser hermano. Es una actitud egoísta que me convierte en rival de mis prójimos, de mis vecinos, que me hace insensible a sus necesidades, que solo ve los bienes materiales como una forma de acumular más y más comodidad individual. Paradójicamente, ni siquiera me hace crecer como persona, ni desarrolla mis mejores cualidades. Más bien, puede distraerme de lo realmente importante. Puede fácilmente hacerme creer que la vida es solo eso, tener y tener placeres y disfrutes momentáneos, impidiéndome ver las cosas y experiencias más importantes de la vida. E incluso puede conducir a lo que la 1ª lectura llama “gran vaciedad”, una frustración que conlleva una codicia, un afán de poseer cosas y personas de manera insaciable, como sugiere Pablo.
4.El mismo Pablo contrapone la “vieja condición humana” a la nueva de la que hay que revestirse. Este es un reto, dice el apóstol, que tenemos todos, cristianos o judíos, o paganos, o quienes seamos. Es el reto de ser plenamente humanos.Ω

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