05 septiembre, 2010

23º domingo tiempo ordinario

23º domingo t.o., 5 de septiembre 2010
Lect.: Sab 9: 13 – 19; Fil 9b-10. 12 – 17; Lc 14: 25 – 33


1. El evangelio de Lc está escrito de tal manera que podemos enredarnos en su lectura. A veces el evangelista pone juntos dichos y hechos de Jesús que se dijeron en distintas ocasiones. Por ejemplo, hoy, el autor recopila y reúne tres enseñanzas distintas, —aunque puede encontrarse su interrelación— y las pone en tal orden que uno puede preguntarse, en resumen, cuál es el mensaje. Vamos a hacer el intento de armar una posible respuesta. En el medio del texto, parece que Jesús está refiriéndose a un consejo de sentido común todavía repetido hoy día: si uno está claro y decidido a lograr un objetivo y una meta, debe estar igualmente claro en cuáles son los recursos que necesita para alcanzar ese propósito, y cuáles los costos en que deberá incurrir. Los ejemplos abundan: construcción de una casa, planes trabajo, promesas de políticos, etc. No hace falta un maestro de la categoría de Jesús para venir a enseñar esto. Cae por su peso. Lo interesante aquí es aplicarlo a la decisión de ser discípulo de Jesús: si uno quiere serlo, el medio, el camino para lograrlo es bien radical: consiste en renunciar a todo, incluso a las cosas más valiosas, como lo dice el ejemplo de la propia familia. Fijémonos que en esa época el respeto, la fidelidad y la responsabilidad respecto a la familia propia era símbolo de honor, de dignidad, de la propia identidad. Entonces, colocar la renuncia a la familia y, por tanto, la renuncia incluso a uno mismo como condición para ser discípulo de Jesús es realmente una vuelta al revés de los valores de la época. ¿Por qué pide Jesús semejante renuncia y qué quiere decir con eso?
2. Si lo tomamos como suena, una de dos: o caemos en la aberración de interpretar como suena que para ser discípulo de Jesús hay que odiar a los papás, hermanos y odiarse uno mismo, o hacemos del mensaje algo simplista que apenas nos diría que de lo que se trata es poner el amor a Dios por encima de todos los demás amores. También esto, en contexto religioso, es de sentido común y para decir eso Jesús no se molestaría en poner tanta fuerza en su expresión. Si usa un lenguaje tan radical es porque quiere una vez más pedirnos que cambiemos de onda, que nos preparemos para ver las cosas en la vida en otro nivel distinto del ordinario. Es un texto parecido a aquellos otros en los que nos dice que el que quiere salvar su vida, la perderá mientras que el que la pierda por su causa, la ganará (Mt 10:39, Lc 9: 24 – 25, Mc 8: 34).Todo parece apuntar, entonces, a decir en lenguaje nuestro de hoy, que lo importante en la vida es ser uno mismo como ser plenamente humano, encontrar su propio lugar en el mundo, y siendo plena y profundamente humano encontrar a Dios y ser plenamente divino. Pero, y esta es la otra parte del mensaje, para alcanzar esa realización plena es indispensable pasar por la renuncia a un montón de cosas a las que estamos apegados porque estamos acostumbrados a ellas, o porque no reflexionamos lo suficiente, y entonces creemos que son lo máximo. En realidad son maneras equivocadas de entender las cosas, de entender nuestras relaciones y de entendemos a nosotros mismos. Es a esas falsas maneras de entendernos, de entender a los demás y de entender los valores éticos y sociales a lo que debemos renunciar para que en completa vaciedad, estemos disponibles a que el espíritu de Jesús, el espíritu de Dios, nos vaya enseñando a ser lo que verdaderamente estamos llamados a ser. Cómo dice la 1ª lectura, los pensamientos humanos son mezquinos y fallan, solo la sabiduría de Dios nos permite comprender lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.
3. Leídos los textos de esta manera vemos que en el camino cristiano, la renuncia, el sufrimiento, la cruz, no tienen valor por sí mismos, sino porque nos disponen a ser llenados con la plenitud de nuestra vida en Dios.Ω

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