10 octubre, 2010

28º domingo t.o.

28º domingo, tiempo ordinario, 10 de oct. de 10
Lect.: 2 Reg: 5: 14 – 17; 2 Tim 2: 8 – 13; Lc 17: 11 – 19
1. Hace unos 30 años, cuando en nuestro país la clase media empezó a viajar más, y Lacsa tuvo su 1er Jet Bac 1-111, se contaban muchas anécdotas de aquellos viajes a Miami y San Andrés. Hasta en las columnas de periódicos se comentaba de cómo los nuevos viajeros ticos al subirse al avión y ver que no se cobraba por las bebidas, empezaban a pedirlas sin límite. Esa actitud insaciable ante lo que era gratis, se extendía a las almohaditas, las cobijitas y cubiertos de metal del avión. Los ticos, se contaba, arrasaban con todo, incluso luego, ya en tierra, en los hoteles donde se hospedaban. Las historietas abundaban y se contaban a veces como broma sobre algunos vecinos o familiares, otras para llamar la atención de lo que se consideraba “conducta maicera”, o falta de roce, de educación. Ha pasado mucho tiempo y las cosas han cambiado bastante. Lo que quizás no ha cambiado tanto, porque requiere mucha dedicación consciente, es nuestra capacidad para reaccionar ante los dones, los regalos, lo gratuito. No hemos aprendido, en sentido profundo, a ser agradecidos. De esto es de lo que nos habla hoy el texto de Lc.
2. En la sociedad actual que, en CR y a nivel internacional, es una sociedad de mercado, rige lo que los economistas llaman “el intercambio de equivalentes”. Si uno quiere algo, tiene que pagar por ello el precio equivalente. Es decir, una cantidad de dinero con la cual podrías comprar otras cosas de valor igual o muy parecido. No hay alternativa. Esa práctica mercantil es la forma normal de funcionar la economía actual y es válida. El problema se presenta cuando nos saltamos al plano familiar, de amistad, religioso, cultural… y funcionamos con la misma mentalidad de intercambio mercantil. Es decir, cuando tratamos de comportarnos “cobrando o pagando” por cualquier cosa que recibimos o damos, hasta por la sonrisa de la cajera del súper, o el buen trato del chofer de autobús, el regaño o el estímulo dado a los hijos o recibido de los papás, las caricias dadas a la pareja… . La generalización de ese comportamiento mercantil nos impide entender el verdadero sentido de lo gratuito y obstaculiza, por tanto, el ser auténticamente agradecidos. Se vive como si todo tuviera precio, se adquiriera con plata y por eso es que, en la primera oportunidad de toparse con algo gratis, se tiene la tentación de agarrar lo más que se puede. Es la actitud de “en otra como esta no me veré”. Por eso también, nos pasa luego que en la vida familiar, religiosa, social o política, a menudo se adopta la expectativa de “qué puedo obtener, ganar, de esto” o, peor aún, reclamar a la mamá, a la novia, etc., porque “no está cumpliendo el contrato” supuesto de devolverme algo que “yo me he ganado”por ser yo educado, bien portado o decente con ellos, por el “desgaste” que he tenido tratándolos bien. Se pierde la vivencia del carácter gratuito de las cosas más fundamentales de la vida. Y con eso se pierde el sentido de agradecimiento profundo.
3. Lc dice que el samaritano, el extranjero que fue el único agradecido fue el único del que se dice que tenía fe, una fe que le salvó, es decir, le hizo completo",pleno, como dice el texto griego. Ya sabemos y lo habremos reflexionado los domingos últimos, que la fe no es la aceptación de un conjunto de dogmas, doctrinas o verdades sino, ante todo, una actitud de confianza, una certeza que surge de la vivencia de la gratuidad que subyace a toda mi existencia, la de los demás y a toda la creación. Cuando yo tengo esa certeza, ni me preocupo por obtener esa realidad ni que se me pague algo por aquello que doy, sino que me siento parte de toda esa realidad. La curación para el samaritano fue una ocasión de reavivar esa conciencia de que todo en su vida era parte de la vida de Dios y de ahí, de inmediato, su reacción de glorificar al Dios que operaba por medio de Jesús y que estaba presente en él mismo. Solo podemos ser verdaderamente agradecidos cuando caemos en la cuenta de que todo lo que somos y tenemos no nos pertenece, no lo hemos comprado con nada, sino que resultan de la generosidad del Dios de la vida. De ahí se pasa al agradecimiento verdadero que conduce no al apego a lo recibido, sino a la alabanza y a compartir, que es a lo que nos comprometemos cada domingo en esta acción de gracias.Ω

3 comentarios:

  1. No sabes Jorge lo refrescante que ha sido este comentario al evangelio más después de lo que escuché ayer.
    No es por criticar, sino que valga de comentario, ayer andaba en misa y no sabía dónde meterme de oír al sacerdote hablando de la soberbia y el pecado representado en la lepra tanto de Naaman como de los 10 leprosos del evangelio y de cómo Jesús los sanó cuando se lo pidieron con corazón arrepentido y humilde.
    Todo el mensaje giraba en torno a convertirse y pedirle al Señor que le ayude a ello. Y uno se queda pensando que será eso de la conversión, será que hay que pasar de kilos a gramos o de metros a centímetros…. Es una broma claro, pero lamentablemente no te dicen nada del cómo vivir!!! Del cómo vivir para alcanzar esa plenitud en la gracia.
    Y al final eso es vivir, es vivir plenamente esa relación con los demás sin esperar nada a cambio sin ataduras, el compartir eso que nos sido dado de gratis sin reservas y no esperar a que le caiga a uno a uno algo así como un rayo o algo parecido y se convierta en quién sabe qué cosa.
    Es interesante porque en la primera lectura Eliseo no acepta regalos en pago de parte de Naaman, a pesar de que este insiste en ello. Es el mismo mensaje de gratuidad que nos presentas.

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  2. Gracias, Edwin. Como siempre agradezco tus comentarios, así como los de Deya (buenos interlocutores). Ayuda mucho la retroalimentación, para uno mismo ir afinando las formas de expresión, ganando en claridad. Y también para ir profundizando o descubriendo dimensiones del tema que pueden pasar inadvertidas. Esta mañana, por ejemplo, Óscar Segura me relacionaba el tema con un aspecto de la película japonesa "Despedidas" (en japonés, "El que envía; tan mal bautizada en CR como "Violines en el cielo). Yo no me había fijado. - Este tema de la gratuidad, que vos también subrayás en la 1ª lectura, de manera acertada, tenemos que ahondarlo en relación con la economía. Creo que los foros de fin de mes podrán darnos una ayudita en ese sentido.

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  3. Uy, qué tema!!! Sin duda que da para una larga charla, y, sobre todo, horas, días... años de reflexión y profundo cuestionamiento de lo que implica eso de la gratuidad. En la película que menciona JA, efectivamente el tema de la gratuidad está presente, aunque de manera explícita son otros los temas centrales, el perdón y la muerte. Ahora bien. La mujer accede a seguir a su esposo porque lo ama, dice ella, y dejan la ciudad para irse al pueblo de la niñez de él. En tanto surge una situación que a ella le parece que no debe ser y le exige a su esposo que deje el trabajo que realiza (que ella cree indigno) porque ella ha hecho muchas cosas por él y él debe hacer eso por ella.
    Ahora bien, solo quiero proponer alguna forma de profundizar el tema. ¿Se puede hablar de gratuidad sin reciprocidad? ¿No tiene la gratuidad un "requisito" previo en la desegocentración? En fin, son solo cuestiones que dejo por ahí, para quizás conversar un poco más.
    Saludos,

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