18 mayo, 2008

Domingo de la Stma. Trinidad

Fiesta de la Trinidad, 18 may. 08
Lect.: Éx 34: 4b – 6. 8 – 9; 2 Cor 13: 11 – 13; Jn 3: 16 – 18


1. Cuando uno escucha el término “trinidad”, es normal que le venga a la mente la formulación que hemos aprendido desde niños, que el Dios en quien creemos es uno pero en tres personas. Pero probablemente, si nos quedamos ahí, tenemos que reconocer con sinceridad que la cosa no nos dice mucho a nivel de nuestra vida diaria, y de nuestra mentalidad moderna. Nos queda nada más como eso, como una fórmula que no entendemos y que repetimos porque se nos dice que es parte de los dogmas o misterios que hay que aceptar. Y si nos aventuramos como adultos, a intentar hacer más razonable nuestra fe, leyendo algo que teólogos han escrito sobre el tema, puede que resultemos, por decir lo menos, aburridos. Cuando escuchamos términos como sustancia, naturaleza, indiviso, etc., que una fuerte tradición teológica desarrolló, francamente nos tiene que sonar hoy más como filosofías abstractas que como verdades que nos alientan a vivir e, incluso, a amar más a Dios.
2. Hay otra forma sencilla, sin pretensiones, de acercarnos a esto que llamamos “misterio de la trinidad”, que surge casi espontáneamente de las meditaciones de todas estas semanas de Pascua, que acabamos de concluir con la fiesta de Pentecostés. Reviviendo la entrega de Jesús hasta el final, hasta dar lo último de lo que era y tenía, hemos podido replantearnos, una vez más, en qué consiste para el evangelio que hemos recibido, una vida que vale la pena y a la que hemos renacido con la Pascua. •Jesús se realiza, se muestra plenamente humano, en una vida de amor y servicio, de cuidado preferencial por los pobres e insignificantes, por los excluidos y abusados; •en una actividad que apunta permanentemente a relaciones más justas y fraternas, en medio de los conflictos humanos. •Jesús se muestra plenamente humano en una actitud ante la muerte que no es nunca fruto de una glorificación del sufrimiento, pero que tampoco es simplemente valentía. Más bien es la aceptación de la muerte como parte de lo que significa ser plenamente humano. Todo esto, que hemos revivido durante estas semanas de Pascua, podemos verlo como un ejemplo superior de moral evangélica, de estilo de vida conforme a los mejores valores humanos. Pero hay algo más que podemos descubrir en Jesús de Nazaret. Todas estas valoraciones y compromisos nos permiten además descubrir en él una espiritualidad, una manera de entender la vida y la realidad, que son las que dan raíces a su compromiso, su moral, a la sabiduría de sus enseñanzas. Es la espiritualidad de Jesús, su manera de vivir en Dios, de "entenderlo" experiencialmente. Es una visión espiritual que ve y experimenta la presencia de Dios de una manera muy especial. Jesús no se relaciona con Dios como si se tratara de una fuerza anónima creadora del universo, pero desconectada del mismo, ni como una providencia fría, preocupada de que la obra funcione bien, sino que ve y experimenta a Dios como Padre amoroso en todos los ámbitos de la realidad. Lo ve y experimenta además como el fondo más profundo de su propia realidad personal, que le hace identificarse como hijo, imagen y semejanza de Dios. Y, en fin, lo ve como el espíritu mismo que alienta a todos los seres humanos, que se manifiesta en la riqueza de su pluralidad de dones, en la diversidad de las sociedades humanas.
3. Más que ponernos a elucubrar con aritmética teológica, descubrir y vivir esta experiencia que Jesús nos ofrece de Dios, y a la que hemos renacido, es a lo que nos invita esta confesión de fe trinitaria, como una convicción de una presencia múltiple de Dios, que llena plenamente toda la realidad y que nos permite alcanzar en todo momento y situación, incluyendo en la muerte, los niveles más plenos de nuestra humanidad.Ω

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