12 febrero, 2012

6o domingo t.o.


Lect: Lev 13:1-2.44-46; 1 Cor 10:31-11.1; Mc 1: 40-45

1.   Cuando  leemos textos bíblicos como los de este domingo, sobre el trato a los leprosos en la antigüedad, tenemos la tentación de decir: "qué brutos eran, qué salvajes, qué primitivos; ¡imponer una separación tan inhumana a los enfermos de lo que entonces se consideraban formas de lepra...! ¡hacerlo en nombre de Dios! Nuestro escándalo se puede acabar enseguida si consideramos, por una parte, la ignorancia sobre la enfermedad, de aquella época, y la escasez que padecían de medios de combatirla. Pero, sobre todo, nuestro escándalo por ese muro legal de separación, se esfuma al reconocer que seguimos construyendo enormes muros de segregación y discriminación hoy día. Muros físicos de separación construidos por Israel, para aislar a sus vecinos de al lado, los palestinos; por el gobierno de EE. UU, para impedir el paso de los inmigrantes pobres sobre todo de Centroamérica, otro similar levantado por el gobierno español, con intenciones parecidas respecto a emigrantes africanos. Y hay otras medidas que sería largo mencionar (metro de Chile, separación de zonas en Guatemala, trato a enfermos de SIDA, a homosexuales…).  Si en el A.T. el miedo era al contagio, hoy se trata de otras formas de miedo; se dice para justificarse, que al terrorismo, a la ilegalidad, a la inmoralidad... en el fondo a grupos que se ven como amenaza por encontrarse en situaciones de desvalimiento y precariedad. Se piensa que su presencia, amenaza el orden, la moral, más sinceramente, el bienestar, el confort del que se disfruta.
2.   En el evangelio, Jesús tiene una actitud distinta. No ve al desvalido como una amenaza de la que hay que defenderse, sino como un semejante con quien se comparte el padecimiento, porque, en lo básico, todos somos igualmente limitados. Si él padece de algo, nosotros padecemos de otras cosas, y ese reconocimiento no nos debe hacer sentirnos amenazados y separarnos sino, al contrario, tendría que conducirnos al sentimiento de identificación y, en definitiva, al amor. Construir muros de separación nos vuelve a la selva y genera más violencia que la que ya padecemos. Derribar esos muros, como lo hizo Jesús, nos hace más profundamente humanos y, por eso, más en comunión con Dios.
3.   Como ticos pacíficos  no construimos esos muros de ladrillo o concreto para separar a los que creemos que amenazan nuestra comodidad. Pero tendríamos que preguntarnos si no hemos construido otro tipo de muros, —legales, ideológicos, culturales, de comportamiento, ...— para mantener separados a grupos  de nuestra sociedad que consideramos raros, o meramente distintos, porque no tienen nuestro nivel cultural, económico, o de comportamiento social o sexual. A la luz de la Buena Nueva,  parece imposible que podamos realizarnos plenamente humanos como Jesús, de no eliminar todas esas barreras de separación.Ω

2 comentarios:

  1. No sé hasta qué punto esos muros de los que se habla en la Palabra son construidos por una falta de educación y tolerancia hasta por parte de la sociedad, familia y de la misma Iglesia. El caso de una niña negra que es rechazada por sus compañeros en una escuela en Aserrí, es uno de ellos. El rechazo de la propia familia por una hija lesbiana o un hijo gay, que inclusive prefieren "verlo muerto". O peor aun, la construcción de muros hacia sí mismo, lo que impide amar a Dios como así mismo y por consiguiente al prójimo.

    ResponderEliminar
  2. No sé hasta qué punto esos muros de los que se habla en la Palabra son construidos por una falta de educación y tolerancia hasta por parte de la sociedad, familia y de la misma Iglesia. El caso de una niña negra que es rechazada por sus compañeros en una escuela en Aserrí, es uno de ellos. El rechazo de la propia familia por una hija lesbiana o un hijo gay, que inclusive prefieren "verlo muerto". O peor aun, la construcción de muros hacia sí mismo, lo que impide amar a Dios como así mismo y por consiguiente al prójimo.

    ResponderEliminar