05 febrero, 2012

5º domingo t.o.


Lect.:  Job 7:1-4.6-7; 1 Cor 9:16-19.22-23; Mc 1:29-39

1.   ¿Recuerdan aquella inquietud de dos discípulos, que comentamos hace varios domingos? le preguntaban a Jesús dónde vive. Es decir, querían saber y experimentar cómo vivía,  qué estilo de vida le hacía ser tan especial. Y este Cap. 1 de Mc nos cuenta, de forma resumida, a propósito del viaje a Cafarnaum, como era esa forma de vida de Jesús , predicando la buena noticia, traduciendo esa noticia en la práctica de curar a gente que necesitaba liberarse de sus dolencias y enraizando estas dos actividades en ratos de soledad para profundizar en el encuentro con Dios. Nos cuenta, además, que esta forma de vida de Jesús la realiza en lugares cotidianos, empezando por la casa de la suegra de Pedro. Jesús no es un predicador de sinagoga, no es un clérigo, ni  un funcionario del Templo, sino alguien que vivía la experiencia de la divinidad viviendo con normalidad y profundidad la vida humana y traduciendo en servicio esa experiencia.
2.   Lo que Mc sugiere, al decir que Jesús se retiraba a un lugar solitario para orar, no es tan solo un lugar, en sentido físico sino, sobre todo, refiriéndose a momentos,  de lo que hoy llamamos "silencio interior", en los que uno trata de despojarse de todo ese ruido y esas interferencias del yo superficial, para entrar en nuestra intimidad, y  descubrir esa presencia de lo divino en el fondo más auténtico de lo que somos.  Son los momentos de zambullirnos en lo humano para toparnos con el Dios fuente de lo que somos. Por eso es que entendiendo esto como momentos de oración auténtica,  no de repetición de plegarias  o  ritos "prefas", esta oración era la que llevaba a Jesús al servicio de quienes necesitaban liberación de sus dolencias. Hay que notar que Mc no nos da ideas, doctrinas, que describan el contenido de esa Buena Noticia, sino que describe prácticas, un modo de vida de Jesús que en sí mismo era ya una buena noticia, porque nos muestra  cómo puede ser la vida de cada uno de nosotros.
3.   No se trata, entonces de preguntarse si Jesús hacía realmente curaciones milagrosas o por qué curaba a unos y no a otros. Sino de descubrir que de ese modo de vida, verdaderamente humano, sale una fuerza transformadora y liberadora de nosotros mismos y de los que nos rodean.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario