17 junio, 2012

11º domingo t.o.


Lect.: Ezequiel 17,22-24, II Corintios 5,6-10; Marcos 4,26-34

1.     En gran medida creo que podemos decir que los seres humanos actuamos según lo que nos creemos ser. La imagen que tenemos de nosotros mismos, —y, por extensión, de los demás—, determina mucho nuestra acción o inacción. Nuestras petulancias o nuestras inseguridades nos hacen luego “jugar de vivos” , como se dice popularmente en Costa Rica, o, por el contrario, vivir acomplejados o resentidos con todos y con todo. Y quizás, por alguna de estas razones, ser agresivos con los demás, posesivos de los que creemos amar y destructivos de los que nos disgustan. No es lo mismo tener una autoconciencia enfermiza que una sana.
2.     En el texto de este domingo, Marcos nos invita a descubrir en Jesús el tipo de ser humano que cuenta con una conciencia sana, fecunda de sí mismo. Sabemos que cuando Jesús habla del Reinado de Dios, está hablando de sí mismo, de cómo entiende ese espacio o ámbito interior en el que su ser más auténtico se funde con la realidad mayor que llamamos Dios. Con quien él llamaba Padre, “Abbá” y que podríamos llamar también “madre”, expresando con ambos términos la fuente de la vida. Ambas breves parábolas de hoy expresan esa autoconciencia al hablar del grano sembrado, y del grano de mostaza. Nos revelan un par de cosas de gran importancia sobre la forma cómo vivió Jesús, en su dimensión humana, el encuentro con Dios, lo que equivale a decir cómo realizó en él mismo el reinado de Dios. Y nos ayudan, así, a tomar mejor conciencia de lo que somos como seres humanos plenos.
3.     En primer lugar, para Jesús la comunión con Dios,  es algo que se realiza sin que nos demos cuenta de su avance, ni importe que nos demos cuenta. El Reinado, la presencia de Dios no es ninguna realidad distinta de Dios mismo, ni de nosotros mismos. Es la semilla divina que ya está ahí sembrada inseparablemente en cada uno de nosotros. Está ahí y opera con gran fecundidad. No se trata, al decir esto, de ninguna creencia mágica o esotérica. Sino de comparar esa presencia con la misma dinámica de la vida. En la semilla vegetal y en la semilla humana, la fuerza de la vida está presente y actúa, en independencia del grado de conciencia que tengamos de su acción, de que se vea o no se vea. No tenemos que “merecerla”, ni “generarla”.
4.     En segundo lugar, esa unión con Dios, de apariencia insignificante al principio, va creciendo y se va manifestando cada vez más, siguiendo la misma dinámica de evolución del ser humano, de manera progresiva en nuestra vida, para beneficio de los demás, como una pequeña planta puede desarrollarse en un árbol en el que vengan a vivir multitud de animales, aves, insectos e incluso otros más voluminosos.
5.     La conciencia de sí mismo que proporciona esta experiencia espiritual no anula nuestra participación en el proceso de crecimiento, sino que nos convierte en parte de una realidad y de una dinámica mayor que nosotros mismos. Cuando sembramos y sembramos en las condiciones adecuadas, solo estamos renunciando a aislarnos de esa realidad, inducidos por el engaño de pensarnos autosuficientes.
6.     Es la conciencia de lo que somos lo que da lugar a la confianza, a la paciencia con el ritmo de evolución propia y ajena, y a la paz interior. Jesús pudo vivir constantemente en esta conciencia de sí mismo y a partir de ahí, toda su manera de ser, de dar y recibir, en una real con – vivencia, en sentido propio, no solo no viendo a los demás como rivales o competidores, sino como partes de sí mismo —ramas de una misma planta—. No viendo las imperfecciones propias de nuestro ser de creatura como motivo de desaliento, sino como estímulo al avance, al aprendizaje, a la superación de etapas todavía inmaduras.Ω

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