06 noviembre, 2016

32º domingo t.o. el imperativo evangélico: pensar "en el más acá" (no en el "más allá").

Lect.: II Mac 7:1-2, 9-14; II Tes 2:16–3:5; Lc 20:27-38


  1. Posiblemente el deseo fundamental de todos los seres humanos es existir, vivir. A nadie le gusta pensar que puede acabarse su vida y desaparecer. Deseamos existir, pero no de cualquier manera, sino trascendiendo las limitaciones de nuestra vida actual, y alcanzando una plenitud de nuestra existencia. Por eso, en buena parte, la muerte se ve como una amenaza a ese deseo humano fundamental. ¿Cómo enfrentar esa inevitable amenaza? En cada época y cultura, los pueblos han buscado una forma de enfrentarla buscando explicaciones para lo que hay “más allá de la muerte”. Algunos hablaron de reencarnación, otros de transmigración de las almas (paso de un cuerpo que muere a otro), … El problema y la búsqueda de soluciones también se refleja en las Escrituras del pueblo de Israel. En el A.T. alguna vez se habla de ser llevado, “raptado” corporalmente al cielo, como en el caso del profeta Elías.
  2. El texto de Lucas de hoy relata un episodio que tiene lugar al final de la subida de Jesús a Jerusalén, es decir, simbólicamente al final de la trayectoria histórica de Jesús.  Este texto refleja diversas maneras como enfrentaban el problema los judíos en tiempos de Jesús. Para unos, los fariseos, después de la muerte, habría resurrección corporal. Para otros, los saduceos, no sería así. Ambos eran grupos religiosos en la fe judía pero diferían en la manera de pensar la “vida futura”, o lo que pasaría después de la muerte.  No tenían claro el tema y no hay que extrañarse por ello. Apenas unos 200 años a.C. habían empezado a hablar del tema de la “resurrección”. El libro de los Macabeos, de donde está tomada la primera lectura este domingo, y que expresa la fe de los hermanos macabeos en otra vida, se escribió más recientemente, alrededor del año 164 a.C.
  3. Nosotros, como en otras ocasiones, no podemos meternos en el ambiente y mentalidad palestinos, en su manera de entender el mundo, al ser humano y sus posibilidades. Pero todavía se nos plantea el tema de la muerte, del final de nuestra existencia, también como una amenaza a nuestro deseo fundamental de vida trascendente y plena. Sin embargo, la visión del mundo, de la vida y del ser humano es hoy muy distinta de la que se tenía en época de Jesús. La ciencia nos muestra una representación de un universo inmenso con billones de galaxias y no un mundo de “dos pisos”, donde en el de “arriba” estarían Dios y los “salvados”.  Y la biología nos describe los procesos de descomposición que siguen a la muerte. No podemos por eso usar los mismos conceptos de aquella época para referirnos a una esperanza de permanencia después de la muerte.
  4. ¿Qué nos hereda entonces el evangelio, la Buena Noticia, para satisfacer nuestra ansia de plenitud y trascendencia? Creo que podemos mencionar aquí solo un par de cosas, pero de gran importancia para nuestra realización personal y comunitaria, y para superar nuestro temor a la muerte. En primer lugar, tenemos que ser muy conscientes de que  en los evangelios, no se divaga sobre cómo podría ser en un “más allá”, un futuro del que nadie puede dar información. Más bien se habla de cómo debe ser nuestra vida en el “más acá”.  Se nos muestra, en la misma persona de Jesús, que lo que “salva” la vida, es “perderla”, entregarla en amor y servicio. Se nos invita a alcanzar la plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites a los demás. De esto es de lo que se nos habla, y no de aferrarnos a nuestro yo, ni de lo que va a pasar después de la muerte. Podríamos pensar que este énfasis, y la omisión de imaginaciones sobre el “más allá” sucede porque los evangelistas quieren evadir el tema, porque por temor a hablar de lo que significa desaparecer en la nada, prefieran mirar para otro lado. Nada de eso. Más bien, pienso, esta actitud, este énfasis en el “más acá”, proviene de otra convicción profunda. Desde la visión y experiencia de Jesús de Nazaret están convencidos de que la Vida, así, con mayúscula, es una sola. Es la misma mi vida, y la de cada uno de mis semejantes y, sobre todo, es la misma que la del que es Fuente de esa Vida. Es, por eso, viviendo esa única Vida, cada uno, en su propia historia personal, como simultáneamente alcanzamos la trascendencia y la plenitud de vida. No pensando en que “luego” hay “otra vida”.
  5. En segundo lugar, ya aquí y ahora estamos viviendo esa vida de Dios, sin tener que aspirar a alcanzarla en el futuro. Lo hemos dicho con frecuencia en estas reflexiones, citando la frase de Pablo en los Hechos de los Apóstoles: “en realidad, Él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: «Nosotros somos también de su raza»” (Hech 17:28). También el mismo Pablo es quien nos recuerda lo que significa la resurrección de Jesús. Para él, la resurrección quiere decir que “ustedes —es decir, nosotros—, están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios.”  Nos puede entrar la duda, ¿Cómo es que esto tiene lugar? ¿No es una afirmación contraria a lo que perciben nuestros sentidos? El mismo Apóstol distingue entre el hecho de esa realidad y la percepción que tenemos de esa realidad. “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí” (I Cor 13:12). Este  es el mensaje de la Buena Nueva, que hemos aceptado, aunque todavía no podamos percibir con claridad cómo es que eso sucede. Tenemos oscuridad e ignorancia.
  6. De ahí la exhortación paulina a que tengamos el pensamiento puesto en las cosas del Reino, ese reino, esa presencia de Dios que ya está en medio de nosotros, como dice el propio evangelista Lucas (17: 20 – 21).  Viviendo con esa convicción, creo que a lo que el evangelio nos llama es a buscar, a indagar, cómo hacer realidad los valores evangélicos aquí y ahora frente a los nuevos retos que nos plantea la vida moderna a cada uno de nosotros. En esa experiencia de lo cotidiano nos estaremos sumergiendo en la experiencia misma de la vida de Dios,  en vez de divagar sobre cómo será el cambio que implica alcanzar la plenitud de vida.Ω

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