17 agosto, 2008

20º domingo tiempo ordinario

20º domingo t.o., 17 ago. 08
Lect.: Is 56: 1. 6 -7; Rom 11: 13 – 15. 29 -32; Mt 15: 21 – 28


1. Cuando los de mi generación nos criábamos, CR oficialmente era un país predominantemente católico. Además éramos católicos bastante homogéneos. Abuelos, papás y jóvenes todos coincidían en prácticas y creencias de lo que confesábamos como religión verdadera, aunque falláramos en cumplirla. A la mayoría de los sacerdotes religiosos, españoles, italianos, alemanes y norteamericanos, se les consideraba de mejor preparación que la mayoría de los locales. Y se aceptaba su manera de entender lo católico como la más correcta. Por otra parte, a los protestantes y evangélicos se les veía de manera negativa. A veces se les atacaba, a veces se les tenía lástima. Se pedía por su conversión a la única religión verdadera, como también se pedía para los judíos que eran casi la única otra religión existente en el país, resultado de migraciones desde Europa. De masones y otros grupos semejantes, apenas se sabía lo que eran, y se les decía enemigos de la Iglesia, como se veía también a los comunistas ateos. Y así era de sencillo nuestro mundo religioso. En nada parecido al nuestro de hoy. No solo ha cambiado nuestra sociedad costarricense, sino que a través de los MCS de continuo nos entran por las pantallas de TV e Internet, sobre todo, un mosaico de diversidad enorme en materia de creencias e increencias. Dentro de nuestro país, los católicos seguimos siendo una mayoría, pero ya no tan apabullante como antes. Y dentro de los mismos católicos hay bastantes diferencias en el modo de entender y practicar la fe. Hay, además, mucha más clara conciencia de que nuestra manera de ser católicos latinoamericanos es bastante distante de formas conservadoras españolas e italianas sobre todo, que a menudo nos siguen llegando ya no tanto por misioneros como por movimientos apostólicos y otras organizaciones nacidas en situaciones culturales muy distintas de la nuestras. Y nos damos cada vez más cuenta de que otras religiones —musulmanes, hindúes, budistas, y otros— cuentan también con mucha gente devota y honesta y suman dos tercios de la humanidad.
2. ¿Qué pensar de esta transformación? En el texto de Mt de hoy una mujer pagana se le acerca a Jesús para pedirle un favor para su hija. La reacción negativa inicial de Jesús no debe sorprendernos. Jesús, verdadero ser humano, es hijo también de su época y su cultura. Es un verdadero judío observante. Los judíos se consideraban la única religión verdadera y consideraban a los paganos, como animales, como perros. Por eso Jesús rechaza al principio su petición. Él ha venido para los verdaderos hijos de Dios, los judíos. Para colmos, se trataba de una mujer, que como sabemos era subvalorada en aquellas sociedades. Pero muy pronto Jesús va a cambiar de posición, forzado por la extraordinaria actitud de aquella mujer. Esta no se da por vencida. No se siente mal por haber sido comparada con un perro. Percibe en Jesús la presencia del Dios generoso, padre de todos, que da y reparte sus dones no por los méritos de nadie, sino de manera gratuita, por su propia bondad y misericordia. Y apela a este Dios. Jesús, con su gran sensibilidad, comprende que aquella actitud de la mujer refleja el rostro de su Padre, comprende que la humildad, la disponibilidad de la mujer, se corresponden con la gratuidad de Dios. Y entonces, a esa mujer que acababa de comparar con un animal, que no era de la religión oficial, le dice “¡grande es tu fe! Hágase como deseas”.
3. Dos cosas nos quedan claros de este episodio. Primero, el tema que debe preocuparnos no es cuál es la religión verdadera, sino cuál es la manera verdadera de vivir la religión. Y lo esencial de esa forma verdadera de vivir la religión se refleja en la actitud de esa mujer. Jesús lo llama “fe”, pero está claro que no se refiere a aceptación de un paquete de doctrinas ni de vinculación a una organización religiosa. Es algo que puede encontrarse en diversas tradiciones religiosas. Es esa actitud espiritual de desprendimiento y confianza que hace que una persona se ponga por completo en manos del Padre, sabiendo que todo viene de Él. Y, la 2ª cosa que nos queda clara, aunque sorprenda, es que la fuerza de la divinidad habita y actúa en todo el que tiene esa actitud de fe. Al punto de que se hace en ella como ella desea. Es la fuerza de Dios en ella misma la que opera. Jesús mismo aprendió estas lecciones y, sobre todo les costó aprender a las 1ª comunidades. Hoy se nos invita a nosotros a hacer este mismo aprendizaje. Ω

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