03 agosto, 2008

18o domingo tiempo ordinario

18º domingo t.o., 3 ago. 08
Lect.: Is 55: 1 – 3; Rom 8: 35. 37 – 39; Mt 14: 13 – 21


1. No hay quien, entre nosotros adultos, no se haya dado cuenta de la subida de precios de los alimentos. Los que, además, hayan escuchado la información de la prensa, se han podido enterar de algunas de las causas y dimensiones del problema. En primer lugar, que hay muchísimas familias, alrededor del mundo, unos 290 millones de personas pobres que pueden ser más afectados vitalmente, agudizándose su problema de hambre y desnutrición. Ya en 34 países ha habido motines y revueltas. Se trata de un problema internacional, de subida de precios de alimentos básicos, como el arroz, el maíz y el trigo y, en consecuencia, de todos los demás productos derivados o dependientes de estos alimentos. Los que se han informado del asunto habrán podido entender algo bien llamativo: la subida de precios no se debe esta vez a una escasez, no principalmente. La producción mundial es muy grande. Pero el uso de granos en biocombustibles, el impacto de la crisis del petróleo, los mecanismos de distribución muestran que las vías de acceso a alimentos en la forma como nuestra sociedad ha organizado la economía no son racionales, no son humanas. Estás marcadas por unas relaciones de poder, y por unos objetivos de grandes empresas transnacionales que no priorizan las necesidades básicas de los seres humanos.
2. En el texto evangélico de hoy, Mt habla de una multitud de personas que siguen a Jesús y que tienen necesidad de comer. La reacción de los discípulos es despedir a la gente para que cada uno se la juegue como pueda, para que busquen cómo comprar comida. La frase que Jesús dirige a los discípulos es desconcertante: “Denles Uds. de comer”. Más allá de la anécdota que narra este texto, más allá de preguntarse si realmente Jesús realizó o no el milagro, lo que importa es entender que en todos los evangelios las comidas, los banquetes en los que participó Jesús o los que usó en sus parábolas, son símbolos centrales de la transformación que debe traer al mundo la vivencia del reino de Dios. La plenitud de vida, el nuevo nacimiento al que Jesús invita, conlleva una nueva forma de relacionarse las personas y los pueblos, que reflejen la abundancia de la generosidad del mismo Dios, y que se simboliza en un banquete del que todos participan hasta saciarse. También para Isaías, en la 1ª lectura, la convivencia humana transformada por la fuerza de Dios, se simboliza en una nueva situación en la que pueden calmar su sed y su hambre incluso quienes no tienen cómo pagarlo. En la medida en que nos convertimos y nos dejamos llevar por la espiritualidad del reino de Dios, nos hacemos capaces de desposeernos de nuestro egocentrismo, de compartir lo que somos y tenemos y de incorporar a una nueva vida de fraternidad a quienes más han sido excluidos de los bienes de este mundo.
3. En momentos de crisis, es muy grande la tentación de cerrarse en torno a las propias necesidades y de volver las espaldas a las de los demás. No existe excusa para hacerlo. No para nosotros cristianos. Si nuestra conversión a Cristo es auténtica, como dice Pablo en la 2ª lectura, ni la aflicción, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, nos pueden apartar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Esta crisis de precios de alimentos puede ser un momento clave para comprobar la autenticidad de nuestra vida espiritual como personas, como gobiernos, como pueblos. Participar en esta mesa de la eucaristía es el gran símbolo de por dónde debe apuntar nuestro compromiso cristiano.Ω

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