15 septiembre, 2008

24o domingo t.o. Fiesta de la Exaltación de la Cruz

Fiesta de la Exaltación de la Cruz, 14 sep. 08
Num 21;4b – 9; Flp 2: 6 – 11; Sal 77; Jn 3: 13 – 17


1. En más de una ocasión hechos o situaciones nos mueven a preguntarnos por qué somos cristianos, por qué soy yo cristiano. A algunos muchachos les golpea pensar, por primera vez, que quizás lo son por un accidente de nacimiento. De haber nacido en China, o en la India, otras serían las probabilidades. Pero ya que nacimos aquí, la pregunta del por qué sigue siento relevante. ¿Por tradición, herencia o rutina? Uds. me dirán que lo ideal es serlo por convicción, pero ¿convicción de qué? ¿De que Jesús es un gran maestro de moral y que siguiendo sus enseñanzas viviremos correctamente? ¿O que Jesús nos ofrece apoyo, protección, seguridad en esta vida y en la otra? O tal vez, conectado con eso pero yendo un poco más allá, convicción de que Jesús es el único que nos da un camino para salvarnos, para no ir al infierno? ¿Por qué razón profunda, en definitiva, somos creyentes cristianos?
2. En los dos vv. anteriores al texto de Jn de hoy, el evangelista nos dice que muchas personas creyeron en Jesús al ver las señales que realizaba, pero que Jesús no se fiaba de ellos, porque conocía lo que hay en el corazón de los hombres. Y enseguida, viene este maravilloso y profundo relato de la reunión con Nicodemo. Este magistrado judío viene a visitarlo de noche —dejemos esto aparte— y de inicio deja ver lo que pensaba de Jesús: que él era un maestro y que hace señales que solo puede hacer alguien que tiene a Dios con él. Jesús va a corregirle. Nicodemo es un creyente pero tiene una manera equivocada de creer. No es suficiente ni es central ver a Jesús como un hacedor de milagros, ni como un maestro de moral, ni siquiera como alguien que nos salva de peligros. Lo más importante es que Jesús nos revela en su propia vida un nivel distinto de vida humana, en el que se da una auténtica relación entre cada uno y Dios. Nos enseña a relacionarnos de una manera distinta con Dios en un camino y un proceso que nos lleva al descubrimiento y realización de nosotros mismos, de lo que cada uno es en su forma más profunda. Lo que los otros evangelistas llaman siempre el “reino de Dios”, que fue el tema central de la predicación de Jesús, Jn lo explica como esa nueva relación de amor entre nosotros y con Dios que produce vida. Ser creyente, entonces, consiste en llegar a conocer y a vivir este nivel profundo de vida humana.
3. Pero Jesús le hace una advertencia a Nicodemo: esto no puede entenderlo una persona si no nace de lo alto, es decir, si no nace del Espíritu. Nacer de nuevo significa, entonces, todo un proceso de vida en el que cual nos vamos despojando de todos las falsas imágenes de nosotros mismos. Vamos dejando atrás todos esos caparazones que hemos ido construyendo sobre lo que somos, por efecto de influencias externas (los MCS, la propaganda,…) e internos, (la necesidad de prestigio, de seguridad.). Nos vamos despojando de nuestro falso yo, muriendo a nuestro hombre viejo, hasta llegar a nacer de nuevo, a ser elevado a la vida plena de Dios, como lo vemos realizado en Cristo, elevado en la cruz a la gloria de Dios. Por eso seguimos a Cristo, porque descubrimos en él ese camino de encuentro pleno con Dios que es encuentro pleno con lo que somos nosotros mismos.
4. Esta maravillosa transformación es probable que ya se esté dando en nosotros, aunque no la entendamos bien, como uno no entiende el viento que sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de donde viene ni adonde va. Con esa confianza venimos a la eucaristía cada domingo, a simbolizar en la celebración de la muerte de Jesús nuestra propia muerte a nuestro falso yo, y nuestro nacimiento a la vida de Dios.Ω

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