10 noviembre, 2008

32o domingo tiempo ordinario

32 domingo t.o., 9 nov. 08
Lect.: Sap 6: 13 – 17; 1 Tes 4: 12 – 17; Mt 25: 1 – 13


1. La liturgia católica dedica por tradición estos últimos domingos del año eclesiástico a meditar sobre la vigilancia, la preparación para el encuentro definitivo con Jesús y, luego, para el juicio final. Es frecuente que esta meditación la reduzcamos a una consideración sobre la proximidad de la muerte y a la necesidad de estar con todo en orden para ese viaje. Como si el evangelio nos estuviera diciendo: mucho ojo, que en cualquier momento una fatalidad se lo puede llevar, y mejor que lo coja si no bien portado, al menos confesado. Esta manera de ver las cosas es parte de la visión religiosa tradicional, bien intencionada pero poco formada y nada reflexiva. Si uno lee la parábola de hoy, se da cuenta fácilmente que no tiene el tono trágico de la llegada de la muerte sino, por el contrario, el tono festivo de la llegada del Reino de Dios a nuestra vida, que trae consigo el encuentro con el hijo de Dios. Una vez más el reino es comparado con un banquete de bodas para el que hay que estar preparados. Uno puede imaginarse en las costumbres orientales la música, la algarabía, el brillo de vestiduras, monturas y luces que acompañaban la procesión de llegada del novio. No está hablando principalmente de un encuentro después de la muerte, sino del anticipo del encuentro pleno en esta vida. Esa es la gran fiesta que produce el Reino, darnos cuenta que en medio de las circunstancias normales de nuestra vida, nuestro trabajo, detrás del velo de nuestra corporalidad y la materialidad de este mundo, llega el Hijo del hombre a compartir nuestra mesa. La gran fiesta es aquí porque, como lo decíamos el domingo pasado, cuando la muerte llegue, que a todos nos llegará, no será el comienzo sino la culminación de una vida nueva en Dios que empieza aquí y ahora.
2. La cuestión que esta parábola nos plantea es cómo prepararnos para ese encuentro y esa fiesta. Sigue el evangelio utilizando símbolos, imágenes, para ayudarnos a entender. Esta vez usa los símbolos de la lámpara y el aceite. Debería ser bastante claro entender el simbolismo de la lámpara. El propio Mt nos había dicho ya que nosotros somos la luz del mundo. “No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” Mt 5: 14- 16; Lc 8: 16 -17). La lámpara es pues cada uno de nosotros en la medida en que proyectamos la luz de ese extraordinario descubrimiento de que en el aquí y en el ahora nuestra vida se llena de la vida divina. De manera muy hermosa lo dice Prov 20: 27: “Lámpara de Yahveh es el hálito del hombre que explora hasta el fondo de su ser”. Cuando penetramos el fondo de lo que cada uno de nosotros es, cuando descubrimos que los seres humanos no somos lo que nos pinta la publicidad, ni lo que nos enseña el afán de acumulación de dinero; cuando descubrimos lo que realmente somos es cuando descubrimos en nosotros la presencia de Dios.
3. Y nos convertimos en lámparas brillantes cuando somos alimentados con suficiente aceite. Las doncellas sabias, preparadas eran, precisamente, las que tenían suficiente aceite, esas eran las que estaban preparadas para alumbrar. Es decir, estar preparados, tener suficiente aceite, es un símbolo que sugiere tener la disposición, la apertura para recibir la sabiduría, el Espíritu, la condición de discípulos que nos permite ser luz. Tan solo preparados, abiertos, dispuestos para recibir a quien se nos da incondicional y desinteresadamente, para recibir a esa sabiduría, ese Dios que está sentado a la puerta, como dice la 1ª lectura, que no tenemos que buscarlo lejos, que no tenemos que merecer o ganar. Confiamos en que en esta eucaristía podemos prepararnos más para tener esa disposición al encuentro con el novio.Ω

1 comentario:

  1. Gracias por esta linda reflexión. En el curso de "Ética en los Evangelios Sinópticos" los estudiantes hicieron una que quizá pueda servir al menos como punto de partida de debate. Con respecto a que las jóvenes que tenían aceite no "quisieron" compartirlo con las que no tenían. Pensamos que más que "egoísmo" que es lo primero que se viene a nuestra mentalidad moderna, se trata de una responsabilidad individual. La llegad del Reino de Dios tiene, entre otras, una dimensión de responsabilidad ética individual que resulta intransferible, como igualmente es intransferible la experiencia personal de Dios.

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