11 abril, 2009

Vigilia pascual

Vigilia Pascual, 11 abr. 09
Lect.: (7 lect AT), Rom 6: 3 – 11; Mc 16: 1 – 7.

1. Para quienes gustan del buen cine, y tienen formación cinematográfica, una buena película no es la que cuenta toda una historia y que, además, tiene un final cerrado, feliz o no. Una buena película como obra de arte, más bien, está cargada de sugerencias para despertar la imaginación, para invitar al espectador a que descubra ciertos aspectos por sí mismo. Y, con frecuencia, una buena película no se termina con un final cerrado, sino que queda abierto a que imaginemos qué puede pasar después. Algo así, si me permiten, sucede con el evangelio de Mc. El texto que acabamos de oír, más un verso que cortó el liturgista, es probablemente el final del evangelio de Mc. Y puede resultar sorprendente y hasta chocante. No hay ninguna aparición del Resucitado, como en otras tradiciones, solo hay un sepulcro vacío y un joven que les dice a las mujeres que Jesús no está ahí, que ha resucitado y les encarga decirle a los discípulos que vayan a Galilea, que él irá delante de ellos, como les había dicho. En el verso que recortó el liturgista y que es el final original del evangelio, Mc agrega que las mujeres tenían tanto asombro y miedo que salieron corriendo y no dijeron nada a nadie. Para quienes gustan de las telenovelas y no del buen cine, esta sería una narración decepcionante. Sobre todo, porque no habría una escena final tipo Hollywood con un gran momento glorioso. Después de todo el drama de la cruz, no se nos dan pruebas contundentes de que las cosas han cambiado. Mc hace un llamado a nuestra confianza: a que creamos que Jesús resucitó y que él siempre va marcando nuestro camino por delante.
2. Puede resultar desilusionante este tipo de final que es, de hecho, un comienzo, de nuestra vida nueva, de nuestro caminar en Cristo resucitado. Pero es profundamente realista y coherente con el resto de las buenas nuevas que nos ha anunciado Mc durante todas estas semanas y otras que vienen este año. Realista, porque todo lo que nos rodea, y lo que llevamos dentro, sigue con sus contradicciones y ambigüedades. Y es coherente porque frente a eso a lo que Mc apela es al poder de la fe y la confianza, como fuerza transformadora del mundo y de cada uno de nosotros. Es la fe y la confianza en las palabras de Jesús la que nos permite caminar en este mundo tal y como es, vaciándonos de nosotros mismos, de nuestras limitaciones mezquinas y, al mismo tiempo, dejándonos transformar por el Espíritu de Dios. Esa fe y confianza son las que nos dan seguridad de que Jesús ha resucitado y nosotros con él, y por eso podemos andar en una vida nueva (Rom).
3. No hay pues, en este final del evangelio de Mc una demostración con apariciones y efectos especiales que nos convenzan de que esa vida nueva es posible. La única prueba, si podemos llamarla así, se nos dio más bien en lo alto de la cruz. La cruz simboliza todos los riesgos que nos presenta el mundo cuando queremos vivir conforme al evangelio. Pero el crucificado, ese que se entrega incondicional y totalmente, sin ningún fingimiento ni restricción, es el que da base sólida a nuestra confianza y fe de que la plenitud humana que él vivió nosotros también podemos vivirla. Él es el crucificado resucitado que nos anima a superar las inseguridades que a menudo nos empujan a proteger demasiado nuestra propia vida, impidiéndonos nuestra entrega al servicio de los demás. Es el mismo resucitado que nos permitirá experimentar que es en la entrega como podemos salvar nuestra vida.Ω

2 comentarios:

  1. Excelente mensaje.

    A mi me gusta mucho la idea del Cristo que se revela en lo cotidiano, en vez de un Cristo que se esconde como algunos lo piensan.

    El Cristo resucitado es ese que para mi que ahora no está visible para que lo busquemos todos los días.

    Y el final de esta película lo construimos día a día, pero como en el buen cine, lo bello no es solo el final, sino su desarrollo.

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  2. Me alegra que compartas, Chuz. Entre otras cosas, cierto, hay que enfatizar lo bello e importante del camino y liberarse de esa idea de apostar todo a un final final, quién sabe cuándo o dónde. Lo importante de ese "final" tenemos que descubrirlo en cada paso del camino.

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