23 julio, 2017

16º domingo t.o.: Decidir con incertidumbre

Lect.: Sabiduría 12:13, 16-19; Romanos 8:26-27; Mateo 13: 24 -43

  1. Este domingo me tocó despedir en un funeral a un hermano de una amiga de muchos años. A la hora del final de la vida de algún ser querido, —como hoy, en la despedida de Carlos—, aunque a veces tendemos a idealizar al difunto o difunta, los tenemos que recordar y aceptar con sus valores y limitaciones. Entonces la reacción frecuente es pedir a Dios que le conceda el perdón y lo acoja en su regazo. También es normal que nos formulemos preguntas acerca de nosotros mismos, de nuestras propias limitaciones y valores y la gana de llegar al final con “puro trigo”, sin las limitaciones de las malas hierbas.
  2. La parábola de hoy, aunque dicha en un contexto muy diferente al de un funeral, ilumina muchos de esos deseos y, quizás, frustraciones. Como toda parábola, nos pone de cara a dimensiones profundas de la vida humana de las que Jesús considera que solo se puede hablar con imágenes. Recordemos que lo más profundo nuestro se funde en la intimidad de la vida de Dios, lo inefable, por lo que Jesús para referirse a ellas utiliza imágenes que nos muevan a un nivel que supera la superficie de la realidad, y que quiebra nuestra manera habitual de ver las cosas.  Con esta parábola de hoy, no nos disuade de aspirar a lo excelente pero nos aclara que no pretendamos  que ese nivel de excelencia lo alcancemos fuera de las limitaciones de nuestra condición humana..  Al hablar  Jesús de la coexistencia del trigo y la mala hierba hasta el final de nuestras vidas, y la negativa a arrancar la mala hierba cada vez que la encontramos,   nos pone de cara a una realidad que es, al mismo tiempo, una evidencia y un misterio.
  3. Una evidencia, porque todos experimentamos continuamente en nuestra propia vida, que en cada uno se juntan ambas dimensiones: la del deseo y logro de producir siempre excelentes frutos y la de las restricciones a estos logros con  las tendencias, también muy reales, de una visión egoísta y estéril. Aún más, la experiencia nos enseña que , a menudo, vivimos en la ambigüedad, en la incertidumbre, de no saber si la decisión que tomamos, es la correcta, si es trigo limpio y va a producir los mejores frutos o si es mala hierba que se confunde con el trigo. Y aún así, en esta ambigüedad, tenemos continuamente que tomar decisiones.
  4. Además de ser una evidencia es un misterio de la propia naturaleza humana, no en un sentido esotérico, sino de que desborda nuestra comprensión actual entender cómo estamos siempre llamados a alcanzar una plenitud de vida, pero para alcanzarla solo contamos con instrumentos limitados: no solo una voluntad no siempre fuerte, sino que nuestro mismo conocimiento es imperfecto, muy influido y limitado por intereses distorsionados, egoístas, y por miedos y cobardías que no nos dejan ver la verdad de nuestra vida y de la realidad de las cosas. Esta es la estructura de la condición humana, que nos afecta aun desde niños y jóvenes. (Anoche vi una película, excelente, que muestra, entre otras cosas, la lucha de un niño imposibilitado de aceptar la verdad de los problemas que está viviendo. Se titula “Un monstruo viene a verme”. El comentarista del periódico Clarín,  de Argentina dice, “Tal vez no sea un filme para chicos, pero sí para el chico que no nos abandona nunca”. Puede verse el “trailer” en https://www.youtube.com/watch?v=1-fubC9JN50 y el film completo en Netflix).
  5. El evangelio, con esta parábola que revela dimensiones profundas de lo que todos los humanos somos, nos pide, por una parte, no caer en la tentación de la intolerancia y del juicio atrevido y apresurado sobre la calidad de la vida de los otros y de nosotros mismos. Y, por otra parte, quiere que aprendamos a vivir con esa carga de ambigüedad e incertidumbre a la hora de tomar decisiones, tan características de la vida humana y, en particular, de la época actual.
  6. La espiritualidad evangélica no nos garantiza que no vamos a tomar decisiones equivocadas en nuestra vida. El evangelio no es un enorme reglamento cuyo cumplimiento nos garantiza acertar siempre, como quizás podrían creerlo algunas posiciones conservadoras. Lo que la espiritualidad evangélica sí nos garantiza, en definitiva, es la certeza de la presencia en nosotros de ese Dios que es amor gratuito, que nos acompaña incluso en nuestra posibilidad de error y fallo. Un amor que nos mueve a formar o a participar en comunidades familiares, laborales, religiosas, en las que siempre podremos apoyarnos a la hora de tomar decisiones difíciles. Un amor gratuito que nos alienta también con el don del perdón y la reconciliación.  De hecho, en toda celebración eucarística bien celebrada nos damos mutuo apoyo en nuestras dudas y debilidades, y experimentamos el perdón por todos nuestros fallos, al tiempo que damos a los demás ese mismo perdón. Ese mismo amor gratuito de Dios es el que nos mueve a mirar con gran respeto tanto los valores como las limitaciones de los demás, y las de nosotros mismos. Es más, a menudo, con ese amor nos daremos cuenta de que muchas de las propias limitaciones y fallos que nos afectan e incluso nos hacen sufrir, son las que nos permiten descubrir y realizar grandes valores en nosotros mismos. Ω

1 comentario:

  1. Gracias especialmente por este comentario. Anima a no guardar el denario recibido, sino atrevernos a tratar de hacerlo producir asumiendo el riesgo de equivocarnos.

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