22 septiembre, 2013

25o domingo., t.o.


lect.:  Amós 8, 4-7      I Timoteo 2, 1-8   Lucas 16, 1-13

  1. No nos resulta extraño que en la vida se nos puedan presentar situaciones límites  ante las cuales tenemos que replantearnos radicalmente lo que hemos sido y lo que hemos hecho hasta el momento. Y tenemos que agudizar todas nuestras capacidades para salir adelante. Es lo que llaman los alcohólicos anónimos "tocar fondo". Es encontrarse en tal estado de fracaso por la mala orientación que hemos dado a nuestra vida, que no continuar como vamos terminaríamos en el precipicio. El texto de Lc nos habla de uno de esos casos extremos en la figura del administrador infiel, como ya nos había hablado en el capítulo anterior de aquel hijo menor que había malgastado toda su parte de herencia. Este administrador, cómodamente sentado en su oficina, con gran poder para disponer de los bienes de su patrón, había caído en malas prácticas, de lo que hoy llamamos corrupción. No previó que lo acusarían y que lo despedirían. Pero sucedió. Y ahora está al límite. Tiene que exprimirse el cerebro para no quedarse en la calle.
  2.  Esta parábola que tiene aspectos complicados de interpretar, parece que sí deja dos enseñanzas claras. Primera, que para Lc Jesús claramente alaba el ingenio, la sagacidad del administrador para resolver su situación. No alaba las malas acciones que realiza, sino su capacidad para buscar caminos que le saquen adelante en un momento extremo en que tiene que replantearse la vida. Y Lc también deja claro en segundo lugar, que Jesús narra esta parábola para cuestionarnos si en las cosas evangélicamente importantes utilizamos tanto nuestro ingenio como lo hacemos en cosas de menor trascendencia. Usar nuestro ingenio para las cosas de la luz, equivale a decir, tener la comprensión que nos permita ver cómo hacer para que cualquier acción nuestra se oriente al Reino, cómo hacer para que la utilización de los bienes materiales y dineros que podamos tener, sirvan, no para encerrarnos más en nosotros mismos, como suele suceder, sino para hacer amigos, es decir, para fortalecer las relaciones de comunidad con todos los que nos rodean.
  3. El administrador infiel, como antes el hijo pródigo, o como el alcohólico que toca fondo, hacen un giro en su vida, porque han llegado al límite, y se juegan todo lo que son y lo que tienen de continuar por donde van. Pero, cualquiera de nosotros no necesita llegar a esos extremos para replantear el sentido de nuestras acciones cotidianas. No hace falta tampoco que se nos muera un ser querido, o que nos libremos por poco de la caída de un rayo, para que veamos la urgencia de reorientar todo nuestro actuar para que cada acción nuestra, por insignificante que sea, nos permita sacar a la superficie la plenitud de vida divina que llevamos dentro y en la que nos unimos en el amor con todos nuestros semejantes. Necesitamos la astucia que el evangelio alaba para transformar nuestras acciones de manera que ya sea que estemos trabajando, haciendo negocios, divirtiéndonos, metidos en política o en lo íntimo de la vida familiar, estemos creciendo, como Jesús, en la plenitud del hijo del hombre

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