08 septiembre, 2013

23o domingo t.o.


Lect.: Sap 9: 13 – 18; Fil 9b – 10; 12 – 17; Lc 14: 25 - 33

  1. Puede parecer curioso y hasta contradictorio que Lc recuerde hoy a un Jesús diciendo que eso de querer ser su discípulo  tiene que ser algo muy bien pensado. Puede parecer raro y hasta contradictorio porque en otros pasajes parece que los evangelistas alaban, más bien, la decisión rápida para seguir a Jesús, e interrumpir o dejar lo que se está haciendo y ponerse en el camino del evangelio. Pero no hay contradicción. Lo que otras veces enfatiza el evangelio es la disposición sincera, firme y sin condiciones o intereses mezquinos para escuchar el llamado. En el texto de hoy Lc no niega esa exigencia pero apunta a que esa decisión debe tener  clara la magnitud y el tipo de objetivo, de compromiso en el que nos estamos enrolando.  En otras palabras, hay que saber a qué nos estamos apuntando para medir cuál es la actitud y cuáles las capacidades con que debemos contar para emprender ese seguimiento.
  2. No es lo mismo, por ejemplo, pensar que nos estamos apuntando a un centro de estudios para aprender doctrinas espirituales muy hermosas, o que nos estamos metiendo en un programa de autoayuda para tratar de superar problemas de depresión, dolor y tristeza, o, incluso, que a lo que nos estamos vinculando es a un grupo religioso dedicado a organizar celebraciones de culto y alabanza. Cada uno de esos propósitos podrá ser o no valioso e interesante, y para formar parte de cada uno de esos  grupos se necesitan cualidades diversas; pero no es a ese tipo de compromisos a las que está Jesús invitando a quienes quieran ser sus discípulos.
  3. Su invitación es mucho más radical e importante. Nos invita a reorientar y a revalorizar todas las dimensiones de nuestra vida humana poniéndolas por encima de cualquier otra cosa, en dirección del reino de Dios. Nos invita a descubrir que dentro de cada uno de nosotros existe desde toda la eternidad el potencial para vivir la vida  divina como lo vivió el hijo del hombre. Descubrir que nuestra vida familiar, nuestras relaciones con papás, hermanos y parientes, nuestras actividades laborales y sociales e incluso nuestra propia existencia personal, solo alcanzan su valor pleno y verdadero cuando se ponen al servicio de ese reino que es el encuentro con Dios.
  4. Se trata de una invitación que si la entendemos y la aceptamos nos hace despojarnos radicalmente de toda otra manera de ver y vivir la vida, sin importar cuáles sean los modos de pensar dominantes; algo así como a Pablo le hizo llegar a ver a un esclavo como un compañero a pesar de que eso iba contra las normas sociales de su época; o como el Papa Francisco se atreve a rechazar toda forma de guerra, a pesar de la posición actual de los EE.UU y de otras potencias, respecto al conflicto en Siria. De ahí que Lc  nos plantee el reto de preguntarnos, antes de apuntarnos  con entusiasmo superficial como discípulos de Jesús, si de verdad queremos invertir en los materiales para esa dura construcción, para ese trabajo y esa lucha.Ω

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