15 septiembre, 2013

24º domingo t. o.


Lect. : Ex 32, 7-11. 13-14;   I Tim 1, 12-17; Lc 15, 1-32
  1. Por influencias de sociedades muy mercantilizadas se metió hace tiempos  en nuestro país un dicho: "no hay almuerzo gratis", se afirma, queriendo decir que en nuestro mundo todo tiene un precio y que si uno quiere recibir algo, no hay escape, hay que pagar por ello. Lo malo de esta creencia es que se ha extendido a espacios de nuestra vida como la cultura, el deporte, la diversión e incluso, al plano religioso y espiritual. Nos hemos llegado a creer que todo hay que ganárselo pagando por ello y que cuanto más valioso sea, hay que estar dispuesto a pagar mayor precio. Aplicada al plano de la vida espiritual, esta manera de ver las cosas no tiene sentido y es incapaz de entender lo que es el amor de Dios, su generosidad, tal y como fue expresado, de manera especial en la vida de Jesús.
  2. Las tres parábolas que nos narra hoy Lc, nos invitan a compartir una visión muy distinta de  la dimensión  de nuestras relaciones con Dios, con todos nuestros semejantes y con la naturaleza; nos piden que nos demos  cuenta de que lo que nos une más profundamente a todos los seres no se puede gestionar como un mercado. Por ejemplo, lo que llamamos perdón, reconciliación y misericordia, tal como nos lo retrata hoy el texto evangélico, no son bienes por los que hay que pagar para llevarnos bien con Dios. El hijo mayor de la tercera parábola, no lograba asumir esta otra visión. Él creía que su papá estaba obligado con él a festejarle, porque era bien portado, cumplidor y no se había separado nunca de su casa. Y creía que su papá se equivocaba al recibir al hijo menor, y festejar su regreso sin pedirle nada a cambio, sin imponerle penitencia, sin exigirle que trabajara para reconstruir la parte de la herencia mal gastada. Pero el que se  equivocaba era él. Como se equivocaban los escribas y fariseos que pensaban que Jesús hacía mal al sentarse a la mesa con pecadores y excluidos que, en su opinión, nada merecían por su mala conducta, en vez de preferirlos a ellos que sí cumplían la Ley y presentaban ofrendas y sacrificios en el templo para alabar a Dios. Para el hijo mayor y para escribas y fariseos, en lo espiritual tampoco hay almuerzo gratis y hay que pagar por los propios yerros, así como hay que cumplir bien la ley si se quiere gozar del favor de Dios.
  3. Lo que la práctica de Jesús transparenta es, por el contrario, la actitud un Padre que es pura gratuidad en su relación con todos los seres humanos y con todo lo creado. No es un dios que espera que nosotros nos portemos bien para poder amarnos, sino que toda nuestra capacidad de hacer el bien, todos nuestras capacidades, nuestros aciertos y nuestra disposición a reponernos de fallos y daños, proviene de que Él nos ha amado primero y está en la raíz de nuestra vida generando bondad y amor. Todo nuestro ser está en Él. Por esos dones gratuitos con los que nos cubre no podemos pagar ni se nos pide que lo hagamos. Lo único que el Evangelio nos pide y nos ayuda a descubrir es que el amor genera amor, el perdón genera capacidad de perdonar y que la gratuidad  genera también la capacidad de agradecer, mostrando nuestro agradecimiento siendo nosotros también generosos, sobre todo, al entregarnos a construir relaciones de amor desinteresadas con todos nuestros semejantesΩ.



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