23 septiembre, 2012

25º domingo t.o., 23 de sep. de 12


Lect.: Sap 2: 12. 17 – 20; Sant 3: 16 – 4: 3; Mc 9: 30 – 37

  1. No hay que sorprenderse de que entre los cristianos mismos, y en un país pequeño como Costa Rica, haya diferencias con roces y hasta confrontaciones. Temas como los que suscitan las posiciones y comportamientos de los diputados “evangélicos”, o los pronunciamientos del episcopado católico sobre las Guías de Orientación sexual, son algunos ejemplos ilustrativos. Pero este tipo de choques no es “de ayer”, viene de muy atrás y el evangelio de Marcos nos da constancia de ello en asuntos tan serios como la manera de entender lo que es la Iglesia.
  2. El pasaje de hoy, leído con la ayuda de estudiosos bíblicos de actualidad, nos permite descubrir que el evangelista se está enfrentando a quienes están tratando de construir una iglesia que, para él, se aparta del espíritu de Jesús. Escrito unos 40 años después de la muerte del Maestro, su alegato ya no es con Pedro y los Doce, —aunque los pone como “protagonistas” de la posición errada— sino con los dirigentes de las iglesias que en el tiempo de Marcos siguen soñando con un Reino de Dios, y una Iglesia en los que ellos se sentarían en Doce tronos, para juzgar y decidir por encima del pueblo. Es probable que la anécdota de la discusión en el camino sobre quién sería el más importante se diera en su momento efectivamente. Pero ya al evangelista no le interesa “pelearse” con el pasado, sino con quienes en la iglesia emergente, continúan sin oír ni entender  lo que es el sentido de la vida de Jesús, su servicio hasta la muerte al proyecto de la Buena Noticia. Por lo visto, en esas iglesias que empiezan sus primeros pasos se producen choques entre dos concepciones: la de quienes siguen pensando en una especie de “reciclamiento” de las estructuras de poder del Templo, que quedarían ahora en manos de los apóstoles, y la que muestra Jesús, para quien la presencia de Dios está ligada al testimonio de servicio a los demás, sobre todo a los más humildes y pequeños.
  3. Las palabras que Marcos pone en boca de Jesús no dejan lugar a dudas: “el que quiera ser el primero, que  sea el último de todos y el servidor de todos”.  No les critica el deseo de ser “los primeros” en seguir el reino de Dios, pero les corrige radicalmente su manera de entender ese proyecto y la manera de medir la identificación con el mismo. Pero, por si las palabras no fueran suficientes, el evangelista refrenda la enseñanza con un gesto decisivo. Coloca en el centro del evangelio a los niños. Los más pequeños y los más vulnerables tienen que ser el interés prioritario de la Iglesia. Por supuesto, los niños como tales —nuestra época ha visto terribles e intolerables victimizaciones de los niños, en la pederastia, en los niños desaparecidos, robados, en regímenes militares, en la trata de personas,…—, pero también, los niños como símbolo de los más débiles que deben ser centrales al interés de las Iglesias.
  4. No es una institución de poder lo que quiso generar la dinámica de Jesús, sino de servicio, marcados por la presencia de un Dios materno. Imposible no concluir a este propósito con una cita de un gran estudioso de Marcos (Pikaza): “La Iglesia ha de mostrarse, según eso, como ámbito materno, casa donde los niños encuentran acogida siendo honrados, respetados y queridos. Ella no es (no debería ser)  un grupo dominado por sabios ancianos (una gerontocracia), ni una sociedad dirigida por sacerdotes poderosos o influyentes, un sindicato de burócratas sacrales, funcionarios que escalan paso a paso los peldaños de su gran pirámide de influjos, poderes, competencias (o también incompetencias).” Añadamos que esta comunidad de Jesús hoy y mañana tendrá que ser una Iglesia materna cuya construcción, obvio, demanda el aporte prioritario de las mujeres

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