02 septiembre, 2012

22º domingo t.o. 2 septiembre de 2012


Lect.: Deut 4, 1-2. 6-8; Sant 1, 17-18. 21b-22.27; Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

  1. A los grupos religiosos, —iglesias, comunidades, movimientos…— en diversas épocas se les presenta un cuestionamiento similar: qué hacer cuando la sociedad cambia, cuando el pluralismo de pensamiento y prácticas aumenta, y los miembros del grupo tienen que aprender a vivir con quienes no piensan ni actúan como ellos. Esto pasó en el tiempo de Marcos y, una vez más, pasa en nuestros días. La comunidad del evangelista se mueve en un contexto en que empieza a establecerse la diferencia entre judíos cristianos y judíos rabínicos. Estos últimos —“algunos escribas y fariseos”— quieren consolidar su fe y consideran que la mejor forma de hacerlo es construyendo un “muro de contención” en torno suyo, una especie de “alambrada de separación” que los ayude a mantener la “pureza y santidad” frente  a los pueblos del entorno. De esa manera creían mantener mejor su identidad personal y colectiva, centrados en las tradiciones de sus antepasados, de sus ancianos (presbíteros) y en las interpretaciones que éstos hacían de la palabra de Dios, y que se traducían en ritos y costumbres muy específicas, como las relativas a las comidas. Por eso critican a algunos de los discípulos de Jesús, todavía judíos, aunque cristianos, porque no observaban los rituales de pureza, lo que resquebrajaba y ponía en peligro la identidad grupal construida sobre estos ritos y tradiciones.
  2. Y tenían razón en sentirse amenazados. No se trataba simplemente de algunos fallos de conducta en los cristianos, sino de que el comportamiento de éstos planteaba una manera distinta de interpretar la palabra de Dios.  El Jesús de Marcos era el que se sentaba a la mesa con pecadores; es más, era el que había multiplicado los panes en un campo abierto, sin preocuparse por los ritos de purificación previos a la comida, ni por preguntar el origen, la afiliación o práctica religiosa de aquellos con quienes compartió los panes. Era un Jesús que se dejaba tocar y tocaba a enfermos, considerados “impuros”. La comunidad de Marcos leía sus memorias de Jesús entendiendo en ellas que para el Maestro era más importante la mesa compartida que la “comensalía nacional” o de grupo selecto de “elegidos”. Era más importante la fraternidad universal humana establecida desde el Génesis, que las ortodoxias ideológicas  o doctrinales que separan. Más definitivos los valores que se llevan dentro con convicción, la interioridad de cada uno, expresada en libertad, que los discursos y gestos que pueden ser un mero “culto vacío” si no se corresponden con la acción que se hace “en espíritu y verdad”.
  3. Hoy también, asustados ante la diversidad —en las formas de vivir las relaciones sexuales, familiares, de comunicación y tecnológicas—, temerosos de que ante las “luces y atractivos” de una sociedad y cultura nuevas, se produzca una desbandada, o un desenfreno de costumbres en “nuestras filas” algunos católicos quisieran reproducir a aquellos escribas y fariseos, tratando de mantener las instituciones religiosas a base de legislaciones,  de catecismos que denuncien “errores” y establezcan prohibiciones. Construyendo, en fin, nuevos muros y alambradas para preservar la identidad y la seguridad propias. Pero, frente a esa tentación está la apuesta valiente de Jesús por la mesa y comunidad universales, con confianza en la libertad interior, en la capacidad de conversión y en la fuerza de la gracia.Ω

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