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Sábado Santo: el martirio de los justos


no hay lecturas propias del día

1.     Para el sábado santo no encontramos lecturas de la liturgia eucarística porque, sencillamente, ésta no se celebra. (La misa de la Vigilia pascual, ya es la del día de la Pascua). Pero, además, no se incluye en los evangelios, ningún relato que se ubique en ese día. Después de la muerte y entierro de Jesús, las narraciones de los evangelistas se retoman “el primer día de la semana”, el domingo. Por eso llama la atención y vale la pena comentarla, esa referencia incluida en el Credo a continuación de la crucifixión, muerte y sepultura, cuando dice esa extraña frase “Descendió a los infiernos”. ¿Será que, se puede preguntar alguno, este sábado es el momento en que Jesús bajó a “los infiernos”? En más de una ocasión, en esas consultas “express” de personas que se acercan a la sacristía tras terminar la celebración, ha surgido la pregunta, “Padre, ¿qué es eso de que Jesús bajó a los infiernos, como dice el Credo?” Uno puede contestarla también de manera rápida pero, tras leer el comentario de dos eminentes teólogos bíblicos (ver Nota), creo que puede resultar sugerente su explicación, resumiendo las ideas de estos autores y añadiendo mi propia reacción a las mismas.
2.     Lo primero que deberíamos los predicadores y catequistas saber explicar a los asistentes a la liturgia, es que la palabra traducida como “infierno”, no se refiere a lo que la tradición cristiana posterior ha entendido como lugar de condena eterna. Traduce, más bien, las palabra “Sheol” hebreo o Hades en griego. Se refiere a lo que las creencias de la época entendían como el “lugar de no existencia, en la vida después de la muerte”. Y allí iban, en tradiciones preevangélicas, muy antiguas, las almas de los santos, de los justos, especialmente de los mártires, que esperaban su liberación de manos del Mesías. Esta tradición prácticamente se pierde en los siglos posteriores.
3.     Lo interesante, detrás de esta creencia tan metafórica como mitológica, es, como la asocian los autores que citamos, su relación con un tema de tremenda actualidad, aun veintiún siglos después de la crucifixión de Jesús. Pongámoslo en términos frecuentemente usados o pensados hoy, ¿dónde está Dios cuando se martiriza a los inocentes? ¿dónde estaba Dios en Auschwitz? ¿dónde está Dios cuando grandes mayorías de pobres son explotados hasta el trabajo indigno, el hambre y la muerte? En definitiva, dónde estaba Dios al morir Jesús, inocente, condenado injustamente a la pena capital, en la cruz si, como hemos dicho, su muerte no fue por un designio divino? Pues resulta que esa tradición cristiana, prácticamente olvidada desde hace siglos, la de la presencia de los justos y, sobre todo, de los mártires, en el sheol, ese lugar de oscuridad y de no existencia, se utilizó como un esquema explicativo para permitir que la justicia de Dios reivindicara, después de muertos, a los mártires asesinados por los injustos.
4.     Parece entonces que, para esa tradición primitiva, la resurrección de Jesús no tiene lugar solo como un hecho individual; la reivindicación que hace el Padre de su Hijo  inocente martirizado, hace que con él sean reivindicados todos los hombres y mujeres asesinados por poderes injustos y que, para las creencias de entonces, permanecían como dormidos  esperando su liberación y reivindicación, aún después de la muerte.
5.     Desde mi ángulo de lectura, y desde la perspectiva de la pasión de Jesús por la sociedad nueva, el Reino de Dios, —aunque ya no tenga vigencia ese relato mítico, permite resaltar un aspecto muy rico de la liberación realizada por Jesús de Nazaret que es la dimensión colectiva, comunitaria, tanto de la opresión y el martirio injustos, como del triunfo de la justicia y la resurrección a una vida nueva. Si luchamos por la justicia, no es porque tengamos una expectativa individual de triunfo.  Es porque somos invitados por la Buena Nueva de Jesús a tomar parte en su pasión por el Reino de Dios, y porque tenemos la firme convicción de que ese es el camino correcto de realización humana, de todas y todos los humanos. Y que vale por sí mismo y por la meta a la que conduce aunque de quienes lo siguen muchos puedan caer víctimas de los dominadores injustos de este mundo. En su martirio todos somos martirizados. Pero en su resurrección todos somos liberados.Ω



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Nota: sobre es tradición preevangélica del sheol, nos hemos enriquecido con la lectura de “La justicia de Dios y la vindicación de los perseguidos”, en J. D. Crosssan y M. Borg, “La Última Semana. Un relato diario de la última semana de Jesús en Jerusalén”.

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