13 septiembre, 2015

24º domingo t.o.


Lect.: Is 50, 5-9a; Sant 2, 14-18; Mc 8, 27-35

1.   Leyendo la conversación entre Jesús y sus discípulos y las dos preguntas que les dirige, pienso que la segunda sí es relevante para mí y para todos los que nos encontramos aquí esta tarde. "¿Quién es Jesús para mí?” Ya resulta interesante observar que no se trata de preguntar quién es Jesús en los dogmas de la Iglesia, o en las discusiones de los teólogos. Ni siquiera se trata de preguntar, en general, quién es Jesús para las más de 500 denominaciones y confesiones cristianas que existen hoy día. Lo que me parece importante para nosotros es ser capaces de detenernos un poco y examinando nuestro interior, preguntarnos con honestidad lo que en la vida diaria, —en la realidad en que nos movemos, de trabajo, de familia, de negocios, de amistades, de diversión—, en esa existencia real de cada uno qué es Jesús de Nazaret. Digo “ser capaces de preguntarnos”, porque puede que no sea fácil hacerlo, debido a  muchos fardos que cargamos en las espaldas. El peso de rutinas religiosas, de tradiciones familiares o de inseguridades personales pueden hacer difícil formularnos la pregunta. Puede que creamos que ya  tenemos clara la respuesta desde hace años y que no necesitamos darle más vueltas al tema. Puede que nos incomode y nos desestabilice abrir la posibilidad de revisar nuestras viejas creencias. El caso es que el evangelista Marcos detectó que era importante que en su comunidad se examinaran en este punto y, francamente, pienso que es clave para nuestra condición adulta mantener viva esta actitud de autoexamen.
2.   Desde mi perspectiva, que seguro muchos de Uds. comparten, lo importante es descubrir a Jesús como el referente de mi vida espiritual, de mi realización humana. Descubrir que no veo a Jesús simplemente como el contenido de un dogma, como una definición doctrinal que hay que aprender, sino como alguien muy real y vital de quien bebo un agua que me permite saltar a las dimensiones más profundas de la vida humana. Es importante descubrir que no veo simplemente a Jesús como un súper héroe, —ni un spiderman, ni un Chapulín colorado— que viene a sacarme de enredos; ni como fuerza mágica o "pomada canaria” que puede curarme de cualquier dolencia. Más bien descubrirlo como el revelador de todas las fuerzas vivas que tiene el ser humano, que tengo yo mismo y que me permiten recorrer, como él, un camino lleno de conflictos, como cualquier “hijo de hombre”, como a él le gustaba llamarse, de una manera tal que pueda alcanzar la plenitud de vida humana. Descubrirlo como aquel que me permite descubrirme a mí mismo y, al mismo tiempo, en lo profundo de mí como persona abierta a los demás, descubrir la presencia de la divinidad. 
3.   Es importante, como lo  percibió Marcos, no parar de preguntarse “quién es Jesús para mí”. Eso es lo que nos permitirá  descubrir la calidad de mis prácticas religiosas y nos permite acercarnos cada vez más a descubrir quien realmente fue Jesús, y quién realmente soy yo mismo.Ω

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