06 septiembre, 2015

23º domingo t.o.


Lect.: Isaías 35, 4-7a; Salmo 145; Sant 2, 1-5; Mc 7, 31-37

1.   Sabemos que los relatos evangélicos reflejan en primer lugar, cómo eran las convicciones profundas en qué consistía la fe de las primeras comunidades cristianas. Más que interesarse en darnos una crónica de noticias acerca de la vida de Jesús, querían transmitirnos cómo entendían ellos el significado de la vida de Jesús para sus propias vidas y para las nuestras. Por eso Marcos, presenta simbólicamente a Jesús utilizando relatos de curaciones que nos recuerdan de inmediato, tanto las acciones de Elías y Eliseo como las profecías de Isaías, —esas mismas que acabamos de escuchar en la 1ª lectura de hoy.  El profeta había dicho que se podría saber que el Reino de Dios estaba cerca y que la era mesiánica estaba empezando  cuando se vieran varios signos. En especial,  cuando los ojos del ciego y los oídos del sordo se abrieran, el cojo salte como un ciervo y la lengua del mudo cante con alegría (Is. 35:5-6). Es decir, cuando la plenitud de vida empiece a reemplazar al sufrimiento. Isaías usa un hermoso y poético signo. La llegada de los tiempos nuevos —dice— será comparable a  un desierto en el que  empieza a manar agua de tal manera  que florecen en él las flores. Con ese maravilloso telón de fondo, el evangelista Marcos  al presentar a Jesús devolviendo la salud a un sordo que apenas podía hablar, lo que nos está diciendo es que el mundo nuevo, la humanidad nueva se nos acerca en Jesús de Nazaret.
2.   Pero ese no es el único contenido simbólico del relato de hoy. En una época como la nuestra, hay una creciente conciencia sobre lo que padecen y necesitan quienes tienen serios impedimentos físicos en el uso de sus sentidos. Por ejemplo, creo que hoy entendemos mejor lo mucho que limita la sordera para la comunicación. Vamos descubriendo, por eso, que perder el oído es quizás la limitación que más aísla al enfermo, más aún que la vista. Por eso, recuperar el oído, en el relato de Marcos, equivale tanto física como simbólicamente a superar el aislamiento, a recuperar la posibilidad de reintegrarse más plenamente a la vida comunitaria que para los cristianos de entonces, y también para los de hoy, es esencial de la vida humana, vivida evangélicamente.
3.    Pero hay todavía otro símbolo que varios Padres de la Iglesia recalcaron desde los primeros siglos. Dándose cuenta de que el relato tenía más bien un carácter pedagógico, vieron detrás de la recuperación del oído y del habla otra recuperación más profunda: la de la inteligencia de la fe. Entendieron que se les llamaba a superar la “sordera espiritual”, a recuperar la posibilidad de entender de una manera  nueva el significado de las cosas, de los hechos que vemos superficialmente, y de compartirlo con otros. Más que la curación de un impedimento físico,  el que Jesús abra los oídos del sordo significa que él le regala la capacidad de entender una dimensión más profunda de la vida, más allá de lo que podemos ver y entender. Nos la regala a todos los que todavía no somos capaces de ir más allá de las apariencias de cosas y personas para descubrir en todo la presencia de la divinidad. Esa capacidad la proporciona la fe recibida y vivida en comunidad, Sin esa gracia, permaneceríamos sordos y mudos, en sentido figurado, para recibir y comunicar la buena noticia que nos permite descubrir toda la hondura de la existencia que tenemos.
4.   Entender en el relato de la curación su carácter de símbolo real del milagro de la fe, no borra  el hecho de que Jesús privilegia en su trato a quienes, como el sordomudo, son marginados sea por pobreza, sea por enfermedad o por su reputación de pecadores. A ellos prioritariamente les anuncia la llegada de la nueva humanidad, lo que el evangelio llama el Reino. Ambas interpretaciones del relato, la real y la simbólica, nos orientan sobre el tipo de curación que nosotros mismos necesitamos.Ω

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