24 noviembre, 2013

34º y último domingo de t. o.

Lect. II Samuel 5, 1-3; Colosenses 1, 12-20; Lucas 23, 35-43


  1. Se tiene la costumbre, relativamente reciente, en la Iglesia de leer en ciclos de tres años, a los tres evangelistas llamados sinópticos, Mc, Mt y Lc durante los llamados domingos ordinarios. Y se termina cada serie con un último domingo en el que se quiere resumir con un texto, todo el recorrido de Jesús meditado en el conjunto de domingos previos. Pensándolo así, creo que Uds. Estarán de acuerdo conmigo en que el episodio que mejor resumiría toda la vida de Jesús sería el del lavatorio de pies, que nos narra Juan. O bien, otro texto equivalente, como las parábolas de la misericordia de Lc como la de la oveja perdida o la del hijo pródigo Cerrar así el año litúrgico nos permitiría a todos terminar recogiendo la entrega en el servicio o en el amor de misericordia como gran síntesis de la vida y mensaje de Jesús.
  2. Sin embargo, por razones no bien conocidas, los liturgistas optaron por denominar a este último domingo, de síntesis, como fiesta de Cristo Rey. Pienso que cada vez más este enfoque no nos ayuda espiritualmente y resulta fuera de época y lugar. A lo largo de toda su vida Jesús estuvo expuesto a la tentación del poder, desde las tentaciones del desierto, hasta la burla final de Pilato poniendo la inscripción "INRI" en la tablilla que expresaba el motivo de su condena. En el intermedio, tenemos los episodios donde una multitud entusiasmada por sus curaciones quería proclamarle rey, o cuando los ignorantes discípulos soñaban con ocupar puestos importantes al lado del Maestro que presidiría el Reino. O también en las aclamaciones de alabanza de las gentes sencillas en su entrada en Jerusalén. En estas y en toda otra ocasión semejante, Jesús siempre rechazó de manera enérgica toda tentación de poder. Y fue claro en que quien quisiera ser su discípulo debería seguirlo en el camino del servicio. Por eso es que llamar hoy a Jesús "rey" nos suena fuera de lugar y de época.
  3. El problema está en que, a diferencia de Jesús, a los que nos decimos cristianos nos ha costado bastante más, y nos sigue costando, vencer esa tentación del poder. En la iglesia esa tentación del poder se nos cuela por todas partes: cuando queremos hacer ostentación de nuestra presencia con templos suntuosos o actitudes protagónicas, o cuando nos presentamos como superiores a los demás por pretender ser los únicos en tener la verdad o salvación, o cuando pretendemos, como en la Edad media, colocar los pastores de la comunidad por encima del poder político... O, en fin, cuando en la misma liturgia damos a Jesús títulos de poder, como este de "rey", porque es una manera, como lo intentaron aquellos discípulos ignorantes, de darnos importancia a nosotros mismos, por estar tan cerca del "jefe".
  4. Si leemos con sinceridad el evangelio no tenemos escapatoria. El que quiera ser "grande" en la comunidad de Jesús, debe hacerse servidor de todos ( Mt 20: 25 - 27). Es nuestra marca imborrable de bautismo y asumida conscientemente en la confirmación. Por eso esta fiesta, de este último domingo del año litúrgico debería llamarse, con más verdad y actualidad, fiesta de Jesucristo, servidor universal de la humanidad y de la creación. (La presencia esta tarde de estos jóvenes de la parroquia que acaban de comprometerse con este espíritu de servicio en su confirmación, es un buen recordatorio vivo para todos nosotros).Ω

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