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33º domingo t.o.

Lect.: Malaq 3, 19-20a; II Tesal 3, 7-12; Lucas 21, 5-19

  1. Durante muchos domingos este año, con los textos de Lc, hemos visto a Jesús subiendo el camino de Jerusalén, curando, acogiendo a los pobres y excluidos,  y al terminar este camino, la cosa cambia, lo vemos envuelto en enfrentamientos que explican por qué llegarán a asesinarlo. Él enfrenta abiertamente a todos los grupos de poder político y religioso. Y eso es imperdonable. El domingo pasado, a los saduceos. Hoy, a los sacerdotes del Templo. Todo este camino y su final es una manera simbólica y sintética de decirnos que toda la vida de Jesús fue de acogida, de servicio a los excluidos, a los discriminados injustamente, a los pobres y de consiguiente enfrentamiento a las autoridades políticas y religiosas que no querían entender que esta práctica de Jesús era la auténtica religión.  El choque de hoy se da cuando aparece en escena un grupo de judíos impresionados por la grandeza y belleza del Templo de Jerusalén, lo que muestra cómo para ellos ese imponente Templo es la fuente de seguridad y la garantía de la protección de Dios. Frente a esa creencia la actitud de Jesús, como lo presenta Lc, es bien provocadora. Es un Jesús que se atreve a predecir la destrucción de ese templo, de esa fuente de seguridad y salvación. Una manera de decir que la verdadera fe no se apoya, diríamos hoy y lo dice el Papa Francisco, en grandes construcciones, en mega templos, ni en actividades de iglesia que pretenden ser ostentosas de poder social, ni en la defensa de modelos de vida de otras épocas. No es extraño que semejante enfrentamiento fuera la gota de agua que derramara el vaso y llevara a la condena de Jesús. Máxime cuando esas afirmaciones de Jesús predecían también la pérdida del poder de quienes lo monopolizaban en ese momento.
  2. la destrucción histórica del Templo de Jerusalén, ocurrida en el año 70, casi 40 años después de la muerte de Jesús, ya la ha vivido Lc cuando escribe sus dos libros, varios años después. Y esto se refleja en el texto de hoy. Pero de ese hecho se remonta el evangelista para hacer ver a las comunidades cristianas, que este tipo de destrucciones se repetirá hasta el final de toda la historia humana. Que toda forma de sociedad, toda forma de organizar las relaciones sociales, familiares, laborales, ... viene con "fecha de vencimiento”. Los cristianos debemos aprender a vivir con la actitud adecuada ante esta inexorable ley de cambio y transformación del mundo en que vivimos. No debemos caer en la tentación de intentar enfrentarlo con la actitud de apego a formas sociales y culturales condenadas a desaparecer, ni con el apego a las formas de pensar de nuestros bisabuelos, que les tocó vivir en otro momento de conocimiento científico, psicológico y moral. 
  3. Toda la exhortación que Lc pone en labios de Jesús, apunta a confiar en que para cada nuevo momento de la historia, el maestro nos dará la sabiduría adecuada para ese nuevo momento, lo que nos evitará la tentación fácil de repetir más de lo mismo, inadecuado para las nuevas circunstancias. Solo la sabiduría, y no la repetición de memoria o de costumbres,  nos permitirá ser creativos, para distinguir entre formas que hay que dejar desaparecer, —como el Templo de Jerusalén—, y valores de fondo que hay que aprender a vivir de nueva manera, como la propia valentía de Jesús, de servicio y entrega, de renuncia al poder,  aunque eso le enfrente a los poderosos que llevarán a la muerte.

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