03 noviembre, 2013

31º domingo t.o.

Lect.: Sab 11, 22-12,2; 2Tesal 1, 11 - 2, 2;   Lc 19, 1-10

  1. Los estudiosos bíblicos nos dicen que Lc escribió esta narración sobre el encuentro de Jesús con Zaqueo, probablemente, para cortar ciertas actitudes discriminatorias y elitistas que empezaban a aparecer en las primeras comunidades cristianas. Ya el domingo pasado veíamos otro ejemplo de un texto de Lc también escrito para enfrentar ese tipo de problemas. Comentábamos cómo con el ejemplo de la oración del fariseo y el publicano se hacía una llamada de atención radical ante el problema que se estaba extendiendo entre los mismos cristianos de las primeras comunidades: el de la autosuficiencia, la arrogancia, el sentirse superiores moral y religiosamente a los demás. Un problema tan serio, tan profundamente enraizado que se manifestaba en la oración misma y distorsionaba su sentido. 
  2. Hoy, la figura de Zaqueo le permite a Lc continuar advirtiendo a su comunidad y a los que venimos detrás el peligro de convertirnos los cristianos en una secta, en un ghetto que se preocupa tanto de su propia reputación que por eso no quiere las cercanías de pecadores públicos ni de nadie que ni de lejos manche nuestra imagen. Citando la última encíclica del Papa Benedicto, publicada luego por el Papa Francisco, un amigo, de entre Uds., me decía que la fe nos debería hacer humildes. Sin duda. Pero la debilidad humana nos acompaña siempre y está visto, que desde las primeras comunidades, como la de Lc, hasta las nuestras hoy día, brota siempre el peligro de colocarnos varios escalones por encima de los que no tienen nuestra misma fe, de los que tienen convicciones y valores distintos de los nuestros y a los que, casi sin darnos cuenta, acabamos considerando como extraviados, fuera de la mano de Dios y que no están como nosotros creemos estar, en el único camino de salvación.
  3. El escenario de la narración de hoy es bien ilustrativo. Los discípulos y la multitud  que siguen a Jesús, no le dejan el menor espacio a aquel pecador público, encima desfavorecido por su baja estatura. Y cuando luego Jesús es quien le llama y se va a hospedar en su casa, los mismos seguidores de Jesús se deshacen en críticas. Hay otras escenas parecidas en los evangelios que denuncian este tipo de actitudes tan poco cristianas en supuestos discípulos de Jesús. El ciego que grita pidiendo curación y a quien quieren hacer callar. O la murmuración por la cercanía de la mujer de mala fama. En todos estos episodios se refleja lo mismo, una actitud cerrada, centrada más en la buena apariencia de la Iglesia que en el impulso de ir a encontrarse con el ser humano que puede estar herido, lesionado, pero que todavía es persona digna de respeto y aprecio.
  4. Cuando hace unos meses, en Brasil, el Papa Francisco habló a los representantes de los obispos latinoamericanos, les pidió estar alerta ante el peligro muy real de que la Iglesia  se ponga como en “centro”,  se funcionalice y poco a poco se transforme en una ONG, que pretende tener luz. Una Iglesia así se vuelve cada vez más autorreferencial, autocentrada, y se debilita su necesidad de ser misionera. El camino para superar estas distorsiones es el que sigue el mismo Dios. Él es el “Dios cercano”, el Dios que sale al encuentro de su pueblo, de su comunidad. Para ello, no debemos estar centrados en nuestras propias virtudes o necesidades personales o de Iglesia, sino, como lo recuerda también Francisco,  citando al Concilio Vaticano II,   Partir siempre de que  “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los seres humanos de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo (cf. GS, 1). A partir de aquí nos abrimos al diálogo con el mundo actual, incluyendo a los Zaqueos, y a todos los otros distintos de nosotros.

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