10 noviembre, 2013

32º domingo t.o.

Lect.: II Mac 7, 1-2. 9-14; II Tesal 2, 16-3, 5;  Lc 20, 27-38

  1. Todos tenemos, o hemos tenido, un cierto morbo por lo terrorífico. Cuando éramos pequeños, nos daban temor pero, al mismo tiempo nos atraían, los cuentos de fantasmas, de muertos y aparecidos. Como que había un cierto disfrute en la sensación producida  por la adrenalina segregada. Luego, de jóvenes y mayores, la literatura y el cine fantástico nos remontaban, no solo a mundos imaginarios, sino también a imaginaciones sobre el llamado “inframundo” o mundo de los muertos. Y todo esto, también reconozcámoslo, ha contaminado nuestro pensamiento religioso y nos ha hecho privilegiar, a menudo, los temas  de la muerte en relación a la prácticas y creencias de nuestra religión. Como que vemos la religión como otra fuente para alimentar nuestra afición a lo fantástico, al mundo de lo que no es natural, lo que no está regido por la dinámica de este mundo.  Esto nos lleva, con frecuencia, a poner el tema de la vida después de la muerte biológica como clave para aceptar o no la existencia de Dios, incluso para aceptar o no  el evangelio de Jesús, para tener o no tener fe.
  2. Pero para Jesús, el foco de atención central en su perspectiva espiritual no es la muerte sino la vida. Lo que debemos profundizar, según su palabra, no son las imaginaciones acerca de si hay un más allá de la muerte biológica y cómo será, sino, más bien, cómo es la vida que nos ha sido dada, cuál es toda su profundidad, todas sus dimensiones reales, más allá de las que vemos y sentimos cuando solo permanecemos en la superficie de lo real. La frase con la que termina hoy su discusión con los tramposos saduceos es contundente:  “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos." Los estudiosos nos dicen que se puede traducir del idioma original de dos formas: para él todos están vivos, o en él todos están vivos, todos estamos vivos en él. Esto nos recuerda, de inmediato, aquella frase de San Pablo, que hemos citado tantas veces: en Dios somos, vivimos y existimos. Es decir, nuestro ser, vuestra vida, nuestra existencia, están sumergidas en la vida y el ser de Dios.
  3. Este es el reto, esta es la invitación trascendente, en la que el evangelio coincide con las grandes tradiciones espirituales del mundo: despertar a la realidad de la vida divina en la que vivimos  ya, realidad que no termina con nuestra muerte biológica como individuos. Despertar a esa realidad, es descubrir lo que somos auténticamente, y es descubrir nuestra comunión con todos nuestros semejantes, con todos los vivientes. Y con toda la creación. Quizás podamos decir que ese debería ser el verdadero sentido de las religiones. Servirnos de “despertadores” para descubrir lo que somos y cómo vivimos en esa realidad profunda que llamamos Dios. Todas nuestras prácticas religiosas se dirigirían entonces a afinar nuestra vista, nuestro oído, nuestros sentidos interiores para abrirnos a la percepción de la presencia de lo sagrado en nosotros y en todos los seres con los que compartimos la existencia. Nos dejaríamos entonces de especular fantásticamente con el más allá, como los saduceos, y de ponernos trampas a nosotros mismos que nos  distraen de lo fundamental, del descubrimiento de la riqueza de ese don que es nuestra propia vida.



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