20 octubre, 2013

29º domingo t.o.


Lect.    Éxodo 17,8-13;  2Timoteo 3, 14-4, 2; Lc 18: 1-8

  1. Esta lectura de Lc me ha hecho pensar en tres pequeñas anécdotas que me han sucedido esta semana. La primera: esta misma mañana temprano tocaron el timbre de la casa unos Testigos de Jehová. Decían que querían compartir el mensaje de la Biblia. Lo relacionaban con "los tiempos difíciles que estamos atravesando" y citaban un pasaje, creo que de Daniel, anunciando que Dios eliminará a todos los gobernantes injustos. Con una lectura fundamentalista claramente creen que ante la injusticia de esta sociedad Dios mismo tendrá que intervenir. - La 2a anécdota se refiere a un videoclip que estaba circulando por internet en manos de personas piadosas. Presenta la discusión entre un barbero que dice no creer en Dios porque existe la pobreza, la injusticia y el sufrimiento y un creyente que le responde que “lo que sucede es que no nos acercamos a Dios y por eso no se solucionan esos problemas”. Aquí pareciera que el interés  es liberar a Dios de responsabilidades y pensar que la injusticia desparecería si nos acercamos más a Dios. El 3er hecho se refiere a una noticia que apareció en la prensa escrita y que yo coloqué en mi muro de FB. Hablaba de 400.000 ticos que, en estos momentos, padecen hambre. Lo que me sorprende es que después de tres días de colocada la noticia, nadie la comentó ni le puso un "me gusta". 
  2. Por qué relaciono estos tres hechos con el texto de hoy de Lc? Porque, a diferencia de otros pasajes de Lc en que el evangelista habla de la oración, en este no escribe para hablar de la necesidad de orar, ni de cómo orar. Aquí está hablando de la oración, del grito, que brota del corazón de quienes son víctima de injusticia. En la SE las viudas siempre son presentadas como símbolo de la personas vulnerables, desprotegidas, fácilmente victimizadas por los poderosos. Y Lc quiere decir a los miembros de la comunidad cristiana cómo deben reaccionar ante ese grito de los pobres, de los que sufren opresión injusta. La respuesta no es la violencia vengativa, darle vuelta a la tortilla para que los responsables de la injusticia caigan de su pedestal y ahora reciban lo mismo que les causaron antes a las viudas, a los huérfanos, a los débiles  que no podían defenderse. Ejemplos de esa violencia se encuentran mucho en las costumbres primitivas del A.T. , como lo ilustra la 1ª lectura. Pero tampoco se encuentra la respuesta en las anécdotas que les conté de los testigos de Jehová o en el videoclip del barbero. (Ni Dios intervendrá para hacer justicia, ni nuestro acercamiento a Dios lo logrará).
  3. Podríamos decir que Lc sí pone la respuesta en la oración como expresión de fe, pero con tal de que la entendemos como lo escribió san Agustín en una ocasión. Al plantearse por qué orar sobre nuestras necesidades si Dios conoce ya lo que le vamos a plantear, Agustín responde diciendo que no oramos para que Dios conozca nuestros problemas, sino para que nosotros mismos cobremos conciencia de lo que significan en profundidad esas necesidades por las que oramos, y para que profundicemos en nuestro propio ser, en lo que la fe nos demanda hacer y en las gracias, los dones que ya hemos recibido para enfrentar los problemas.  
  4. A menudo distorsionamos este texto de hoy de Lc porque nos colocamos con cierta comodidad en la posición de la viuda, nos sentimos como “el pobrecito” o “la pobrecita” que padece injusticias, cuando en realidad deberíamos con humildad reconocernos más bien en la posición del juez injusto. Es nuestro corazón el que debe cambiar, es nuestra sensibilidad la que debe sentirse interpelada, por ejemplo, ante los 400.000 ticos que padecen hambre o el 12% de la fuerza laboral que carecen de empleo. Sería demasiado fácil poner toda la culpa en los políticos y soñar con que el primer domingo de febrero podremos elegir al Mesías que va a desterrar la injusticia de CR. Más difícil es interpelarnos a nosotros mismos, y examinar la parte de responsabilidad que tenemos en lo que causa injusticia en el país. Es más difícil, pero es que lo pide el evangelio. Es la fe activa y comprometida que espera encontrar Jesús en nuestra tierra, en cada uno de nosotros.

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