09 junio, 2013

10º domingo t.o.


Lect.: I Reyes 17, 17-24     Gálatas 1, 11-19 ;Lc 7:11-17

  1. En la puerta de la pequeña ciudad de Naín, nos dice Lucas, se topan dos procesiones. Una, que viene entrando, un gran gentío en torno a Jesús, podemos imaginarlos llenos de entusiasmo y esperanzas en torno al Maestro. Y otra que viene saliendo, acompañando a una pobre viuda que a enterrar a su único hijo.  Una procesión pletóricos de vida que se cruza con otra doblegada por la muerte. Retomamos este domingo las narraciones sobre la vida cotidiana de Jesús y empezamos con este escenario de muerte y vida, de dolor y alegría, que marcará toda la existencia terrena de Jesús, igual que marca toda la existencia de cada uno de nosotros.
  2. Y al cruzarse los dos grupos, Jesús , definiendo el comportamiento de quienes lo acompañan, no pasa de largo, no queda indiferente ante la tragedia de aquella pobre mujer con que se cruza. Todo lo contrario. Jesús siente que se le conmueven todas las entrañas (eso expresa la palabra griega,  pobremente traducida como "lástima"). Es decir es sacudido por la compasión, hace suyos los sentimientos de la viuda. Toda nuestra existencia humana, lo sabemos, cada uno y nuestro entorno, es misterio de vida y muerte, de dolor y disfrute. Y Jesús no es excepción, peroderrota la muerte estableciendo un puente entre ambas dimensiones, un puente por el cual la fuerza de la vida da aliento al dolor y a la muerte, y ese puente es la compasión, la capacidad de sufrir con el que sufre, de colocarse  dentro de sus propios zapatos, en su propia situación.
  3. La compasión, la capacidad de padecer, de sentir con quienes sufren, la vemos en Jesús enraizada en una experiencia profunda del Dios que es vida, que es la misma y única fuente de vida de todos y que, por ello nos integra en una unidad profunda de unos con otros. La compasión establece vasos comunicantes para trasvasar de unos a otros la vida que compartimos, en la medida en que las limitaciones de nuestra existencia material pueden estar temporalmente bloqueando, por la enfermedad, el dolor y la muerte, el disfrute pleno de la vida.
  4. Jesús no puede eliminar de raíz la muerte o el dolor, y él mismo los experimentó en su carne y su sangre, porque son rasgos de nuestra existencia material. Pero nos da la fuerza y los instrumentos para vencer las secuelas de la muerte, por la vía de la compasión. Por eso Lucas coloca en su evangelio esas dos formidables parábolas de la compasión, la del Buen Samaritano y la del hijo pródigo. Por eso muestra más que otros evangelistas la vida de Jesús marcada por la misericordia, por la compasión. Cuando decimos que en la cruz Jesús nos salva, que "padece por nosotros" no expresamos otra cosa más que esta que meditamos hoy: que es la compasión la que nos da la vida y derrota la muerte. Es lo que Jesús expresó en cada momento y hasta el final, que quien gana su vida la pierde y quien la gana en la vida del Eterno. Lc 9:24

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