03 febrero, 2013

4o domingo t.o.


Lect.:    Jeremías 1, 4-5. 17-19   : I Corintios 12, 31-13, 13;   Lucas 4, 21-30

  1. Escuchamos con frecuencia hoy  las quejas, en personas muy religiosas, incluso en dirigentes religiosos, de cómo se han perdido hoy los valores morales y cómo nuestra sociedad ha dejado de ser tan cristiana como, supuestamente era anteriormente. Al menos según algunos creen. Pero además, los que así se quejan, suelen culpar de la situación a las malas influencias externas a la Iglesia: a la excesiva libertad de costumbres, a la liberación de las mujeres, al énfasis en valores humanos que no nombran directamente a Dios, sino que dan protagonismo a los seres humanos, a la tendencia a relativizar las doctrinas tradicionales por darle su lugar a otros puntos de vista de gente no católica... Y, con estas preocupaciones, quienes ven así las cosas piensan que la solución vendría de unas leyes y una educación más estrictamente católica, desterrando influencias de otros grupos no creyentes.
  2. Imposible no pensar en el texto de Lucas de hoy que refleja la actitud de Jesús, interpretada a la luz de la situación que vivía la comunidad del evangelista. Las primeras comunidades cristianas vivían enfrentadas a los judíos tradicionales y en medio de influencias de grupos llamados "paganos": griegos, fenicios, … con costumbres y modos de pensar muy distintos de los judíos. Lucas, recordando la escena de la sinagoga de Nazaret, recordando que Jesús realizó milagros y predicó en tierras de paganos, quiere dejar claro que los cristianos deben aprender a vivir también en medio de otras culturas, de otras creencias e incluso de sociedades no religiosas. El descubrimiento de Jesús de que el Espíritu de Dios estaba sobre él y era el que lo impulsaba a la misión de servicio a los más necesitados, es un descubrimiento que podemos y debemos hacer todos y cada uno de los seres humanos y no solo los miembros de la Iglesia.
  3. La multitud que escucha a Jesús en la sinagoga se indigna al oír este mensaje, porque les resultaba escandaloso pensar que ellos no eran los privilegiados de Dios y que incluso gentes que no eran de la religión oficial pudieran recibir los beneficios de Jesús antes que ellos y, más aún, que pudieran descubrir en ellos mismos el Espíritu de Dios.
  4. Muchas de los problemas de los que nos quejamos hoy día, no tenemos por qué atribuirlos a supuestas malas influencias externas. Pueden ser fruto de fallos y debilidades e incoherencias nuestras, de nuestra propia iglesia. Más bien, si descubriéramos lo que el Espíritu de Dios nos dice desde personas de corrientes sociales y de pensamiento distintos de los nuestros, incluso provenientes de personas no creyentes, es probable que seríamos más eficaces abriéndonos a la colaboración con ellos para combatir juntos los problemas reales, de fondo, de la sociedad actual: creando solidaridad con los más necesitados, llevando la liberación a los cautivos, las buenas nuevas a los pobres, víctimas de economías injustas, la gratuidad de los bienes de Dios a todos sin excepción.Ω

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