25 febrero, 2013

2º domingo de cuaresma


Lect.: Gén 15, 5-12. 17-18; Flp 3, 20-4, 1; Lc 9, 28b-36.


  1. Hace una semana comentábamos sobre los conflictos que no nos faltan en la vida de cada uno, por el choque de intereses, de deseos que nos caracteriza y que nos hace comportarnos como dudosos a la hora de tomar decisiones. Lo que llamamos las tentaciones de Jesús nos muestra que Jesús, también,  vivirá el encuentro con Dios en un modo de vida que genera choques, incertidumbres, y exige decisiones que conllevan un costo. El relato de hoy va un poco más allá. Colocado en vísperas de la pasión y muerte de Jesús subraya otra experiencia profundamente humana. No solo conflictos caracterizan nuestra vida, sino también, el dolor y el sufrimiento recibido de otros, por ignorancia, por mala intención o por violencia intolerante ante lo que  somos, pensamos y decimos. El caso de Jesús es elocuente: lo asesinarán porque su predicación y modo de vida chocaba con las enseñanzas y prácticas de los dirigentes religiosos y políticos.
  2. Cuando se nos presenta una situación parecida, los seres humanos reaccionamos de diversa manera. Es corriente la tentación de responder con violencia a la violencia que recibimos. Buscar la forma de producir dolor y daño a quienes nos lo están causando a nosotros. O también, entre los cristianos, es frecuente pensar en que hay que aceptar sin más los dolores que nos causan otros, porque al final, en la "otra vida" a cada cual se le dará su merecido: a nosotros la gloria de Dios,  por haber aguantado el daño injusto, y a los que lo causaron, el castigo. Aunque a veces nos confundamos, esta segunda reacción no se diferencia mucho de la primera. Simplemente posponemos el deseo de venganza. No es evangélico, por esta razón y, además, porque supone que esta vida solo es un valle de lágrimas y que la experiencia de Dios queda pendiente "para el otro lado".
  3. En este relato que llamamos de la transfiguración Jesús deja que los discípulos más cercanos puedan experimentar que la gloria de Dios, es decir, su presencia, está ya en la forma humana, aunque nuestros sentidos ordinarios no lo perciban. En la primera lectura de hoy, también se nos hablaba de cómo Abraham percibe la experiencia de Dios, como entre sueños, de manera muy oscura. En el monte, cuando tienen la experiencia de lo divino en la humanidad de Jesús, a los discípulos los cubre una nube, símbolo también de que esas experiencias se tienen oscuramente.
  4. Toda la historia bíblica es un relato del descubrimiento de Dios que va realizando un pueblo. Y lo hace siempre de forma progresiva, en las buenas y en las malas, con mayor dificultad para verlo en los momentos de dolor e injusticia. Y siempre de manera oscura . De ahí la tentación de descubrirlo o contactarlo en momentos milagrosos o triunfalistas, en libros con doctrinas muy hermosas, o en ritos y liturgias de gran pompa. Pero Lucas lo hace ver en el relato de hoy: el descubrimiento de Dios está al interior del hijo del hombre, de Jesús y de cada uno de nosotros. Escuchar la experiencia misma del hijo amado, de Jesús, renunciar a la pretensión de verlos con nuestros sentidos y doctrinas, nos permitirá crecer en ese proceso de descubrimiento.Ω

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