29 abril, 2012

4o domingo de Pascua

Lect.:  Hech 4:8-12; 1 Jn 3:1-2; Jn 10:11-18
  1. El uso de metáforas, parábolas, símbolos...en temas espirituales y religiosos tiene la gran ventaja de permitir remontarnos a niveles de la vida y la realidad que escapan al lenguaje y raciocinio habituales. Se tornan en sugerencias, en llamadas de atención para trascender la limitación de los niveles más inmediatos y opacos de la realidad. Sin embargo, el lenguaje simbólico también tiene sus desventajas. Los símbolos y comparaciones suelen estar marcados por una cultura y una época y, con el paso del tiempo, pueden desgastarse, perder sentido o, peor aún, cambiar el que tenían originalmente. 
  2. Es el caso, me parece, del hermoso "símbolo" del "pastor", sobre todo para un país como Costa Rica en el siglo XXI.  Nunca hemos visto pastores conduciendo rebaños de ovejas. Nuestras prácticas ganaderas, y tipo de ganado, en nada se parecen a las de la Palestina de Jesús, del siglo I.  En aquel entonces  la figura de quien desempeñaba ese oficio sí era muy expresiva del cuidado, el cariño, la guía, la protección por las ovejas. El peligro, al cambiar las circunstancias, es de interpretar el símbolo a partir de perspectivas muy posteriores, sobre todo de las que enfatizan y se interesan en lo organizativo e institucional de las iglesias, y pretenden a partir de este comentario, hablar de la necesidad de la autoridad y de las autoridades religiosas. 
  3. Haciendo un esfuerzo por recuperar el sentido original de la comparación que hace Jesús de sí mismo como buen pastor podemos referirlo a otra cosa. Podemos verlo, en la línea de estas celebraciones pascuales, como la evocación de lo que es la vida del resucitado, de quien ha compartido y experimentado la vida nueva revelada en Jesús de Nazaret. Quien ha pasado por esta experiencia se siente empujado desde dentro a tratar a los demás con el trato personal y la misma sencilla ternura que aquellos pastores de la época de Jesús que en su trato prolongado con su rebaño llegaban a conocer a cada oveja por su nombre, por parecidas que se viesen, y creaban un vínculo de reconocimiento mutuo con ellas. Si ese cariño y conocimiento podía darse con esos animalitos, cuánto más no será posible con otros humanos semejantes, miembros de una misma comunidad de destino. 
  4. Por comprender así esta imagen, este símbolo, las comunidades cristianas primeras se lo apropiaron captando que detrás de la comparación está la evocación de Jesús como alguien capaz de acompañar, de cuidar, de dar la cara e incluso de "dar la vida" por aquellos con quienes se encuentra unido. La vida del resucitado tiende por sí misma a ser compartida. Y en eso se revela en Jesús y en cada uno de nosotros mismos la divinidad que nos habita. Un Dios al que tratamos de ponerle muchos nombres, a pesar de ser un misterio innombrable y que en la figura del pastor se expresa como el que es auto-donación, cuidado por los otros, capacidad de compartir, de entregarse superando barreras y miedos. Es la expresión de lo mejor que podemos desarrollar en nosotros mismos.

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