08 mayo, 2011

3er domingo de Pascua

Tercer domingo de Pascua, 8 may 2011
lect.: Hech. 2: 14.22 - 28; I Pedro 1: 17 - 21; Lc 24: 35 - 48.


1. Todos sabemos ya que el sentido de los relatos de la Resurrección no es el de contarnos pequeñas historietas sobre lo que les pasó a algunos de los primeros cristianos en su encuentro con Jesús después de la Pascua, para matarnos de envidia o recordar con nostalgia unos tiempos dichosos que no se repetirán. Al contrario, el propósito es ayudarnos a descubrir cómo es que podemos nosotros mismos tener también la experiencia pascual. Así, por ejemplo, en este hermoso y tan conocido relato del Camino de Emaús, la intención de Lc no es contarnos la anécdota que vivieron dos cristianos concretos, sino más bien simbolizar en dos personajes lo que fue la experiencia pascual de unas de las primeras comunidades del movimiento de seguidores de Jesús. Trata el evangelista de decirnos, en qué circunstancias la experiencia de la Pascua llegaba a ser para ess comunidades una experiencia de plenitud espiritual —de encuentro con el ser más auténtico de ellos mismos y de comunión con aquel Hombre lleno del Espíritu, Jesús de Nazaret, que les daba inspiración para vivir.
2. Este precioso relato nos deja ver simbólicamente tres momentos familiares que para las comunidades llegaban a ser momentos de plenitud espiritual: las reuniones eucarísticas, las de comentar y profundizar la Palabra y el Camino. Pero, ¿qué nos dice esto de nuevo que no sepamos ya? Tal vez lo sepamos pero recordémoslo para vencer el peso de nuestras prácticas rutinarias: no solo nos dice que las reuniones eucarísticas y las de meditar la palabra pueden ser de experiencia de plenitud espiritual, sino que nos dice cuáles son algunas de las condiciones principales para que lo sean. No basta con asistir al templo en las eucaristías y liturgias de la Palabra. Hace años entre la gente católica era costumbre usar tres expresiones: referida al sacerdote “decir misa”, respecto a los fieles “oír misa” y, en general, “ir a misa”. Es evidente que el texto de hoy no habla de esto, cuando piensa en momentos de profundización espiritual. Los personajes de Emaús, que nos representan a todos los que no conocimos personalmente a Jesús, lo descubren presente y se descubren a sí mismos viviendo intensamente ese encuentro, solamente cuando abren su corazón, su casa y su mesa, su pan, sus bebidas, a quien todavía veían como forastero y extraño. Es decir, es en la actitud de apertura al otro, de hospitalidad, de acogida, de disposición a compartir lo que se es y lo que se tiene, solo así es cuando la eucaristía y la Palabra se hacen ocasión de encuentro con Jesús resucitado y de experiencia de la propia resurrección. No es en el plano del cumplimiento de ritos religiosos, sino en el plano de la experiencia del Espíritu que está moviéndolos en sus corazones a salir del yo egoísta y a abrirse a la comunión con los demás. Lc al transmitirnos así la vivencia eucarística y de la Palabra en las primeras comunidades nos “pega un pellizco” para que caigamos en la cuenta de cómo debemos cambiar nuestra práctica eucarística para que sea vivificante como lo fue para aquellos primeros cristianos.
3. Finalmente, no olvidemos el gran símbolo del “camino”, Quiere recordarnos que este proceso de resurrección personal y de encuentro con Jesús resucitado, no se para nunca, es continuo, dinámico, como lo es la totalidad de nuestra vida, quiere decir que encontrar la experiencia de la Pascua va evolucionando en toda la longitud de nuestro camino, a todo lo largo de los años que nos toque vivir y en todas sus dimensiones, —en lo material, y en lo psicológico, en la diversión y en el trabajo, en la alegría y en la angustia y el dolor, con tal que lo vivamos con esas actitudes reflejadas en el relato de Emaús.Ω

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