26 marzo, 2017

4º domingo de cuaresma: luz versus tinieblas

Lect.:  I Samuel 16:1, 6-7, 10-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41

  1. Para que no haya confusión, el evangelista pone en labios de Jesús, al inicio del pasaje de hoy, la aclaración de que este relato es un signo del enfrentamiento entre luz y tinieblas que se da en la vida humana. Se lo dice cuando sus discípulos tratan de plantear el tema de la época, de la relación entre pecado y enfermedad. Lo que al evangelista le interesa es tomar el hecho como punto de partida para una instrucción o catequesis sobre cómo las obras de Dios, que realiza Jesús, contribuyen a la iluminación de quien las contempla. Para recalcar  aún más esta idea, haciendo ver el carácter de signo de la curación, reduce el relato del milagro a apenas dos líneas, en un texto de 41 versículos. Casi todo lo dedica a una dramatización maravillosa del diálogo entre el ciego curado y los fariseos, con intervenciones de Jesús. Está claro que se trata de una instrucción para orientar la práctica de los cristianos, que surge de la iluminación y al mismo tiempo se orienta a la plenitud de ésta. Para este propósito utiliza el relato de un hombre que se encontraba en “tinieblas” y que fue llevado a la “luz”, más que física, espiritual.  Pero, ¿de qué enfrentamiento, con sentido espiritual profundo, está hablando? ¿entre cuál “luz” y qué “tinieblas”? ¿qué quiere decir, también, Pablo en la segunda lectura cuando les recuerda a los efesios que ellos fueron tinieblas pero que ahora son luz y que deben vivir como hijos de la luz? No les dice que estuvieron en medio de tinieblas, sino que ellos mismos fueron tinieblas.
  2. Si nos detenemos unos momentos a pensar, desde una perspectiva crítica, como lo es la del evangelio, en la vida que vivimos hoy, individual y socialmente, podremos descubrir enseguida muchos aspectos de la realidad que nos rodea que pueden calificarse de “tinieblas”. Se trata de todo aquello que, de manera habitual, nos impide ver lo que somos cada uno de nosotros como seres humanos; lo que tapa la realidad de los problemas sociales, culturales, económicos y políticos que nos afectan, ocultando sus raíces; lo que nos ciega por encandilamiento presentándonos interesadamente falsedades como verdades, apariencias como realidades, cosas superficiales y baratas como si fueran muy valiosas e imprescindibles.
  3. Hay una lista larga. Los maestros espirituales nos dicen que la primera tiniebla, y de la que se deriva otro gran número de “escotomas”, es la que nos oscurece la mente y el corazón y nos hace creer que mi yo individual es autosuficiente, ignorando que somos, cada uno, una parte de una realidad comunitaria superior. De esa tiniebla o engaño distorsionador de la realidad, se deriva el egoísmo, el sentimiento de falsa superioridad, se “crea la separación, hace duro nuestro ego, y por lo tanto se convierte en la fuente de todo el orgullo, la codicia y la crueldad relacionados con el egoísmo” (Tagore).-  Por su parte, los analistas sociales, a un nivel menos profundo pero no por eso más evidente, nos hacen ver cómo la influencia de la publicidad comercial, o la propaganda partidaria cerrada, pueden desfigurar la verdad de las cosas, para inducir a la gente a consumir por encima de sus necesidades reales, en un caso o, en el otro, para dejarse llevar por agrupaciones político- partidarias que no representan las necesidades del pueblo, sino los intereses financieros de los dueños de empresas y partidos. Estas son otras formas de tinieblas que hoy vemos lamentablemente representadas quizás en todas partes, pero de manera muy tristemente ilustrativa en la elección de Trump, en los Estados Unidos, por ejemplo. En todos los casos que ejemplifican este engaño, se repite la votación “democrática” de masas populares por dirigentes que utilizando un discurso atractivo en realidad no gobiernan para beneficio de quienes los votan.
  4. Y el caso más paradójico de todos, quizás, es cuando las tinieblas invaden también la esfera religiosa y nos llevan a creer que para ser religioso es suficiente con realizar ciertas prácticas rituales y con confesar un número de creencias en un mundo sobrenatural, pero sin transformar nuestros criterios de vida cotidiana, los valores que rigen nuestras relaciones con los demás y con la naturaleza. Aún peor, cuando esta distorsión alcanza el nivel de la manipulación de los argumentos religiosos legitimadores  para mantener relaciones de dominación, del laicado y, en especial, de las mujeres, en nombre de la “voluntad de Dios” o, como en otros tiempos, de la necesidad de ofrecer sacrificios o mortificación como camino de santidad.
  5. En este evangelio de Juan, la oferta de un camino alternativo es el logro de la iluminación.  Como tal, es coincidente con tradiciones como la budista o varias tradiciones de las religiones de la India. Pero no hay que malinterpretar el sentido de la palabra. No se trata de una receta aplicable a todas las situaciones mencionadas y otras semejantes, para deshacer sin más las tinieblas que rodean nuestra comprensión de la vida y la realidad. No es un “remedio casero” que opera sin más en el campo de la economía, de la política, de la comunicación de masas y en el del proceso de autocomprensión.  Es, sin embargo, una liberación básica, un nuevo nacimiento —por eso en las primeras generaciones de cristianos asociaban la idea del bautismo o iniciación cristiana con la práctica bautismal. Y a partir de ese nuevo nacimiento y en la medida en que se crezca en esa dirección, se encuentra el cristiano con una capacidad fundamental para superar el carácter de apariencia con que se oculta la realidad profunda de nuestro ser individual y social. En algunas tradiciones hindúes más categóricamente se afirma que “Avidya es la ignorancia que oscurece nuestra conciencia, y tiende a encerrarla dentro de los límites de nuestro yo personal”. “En el pensamiento típico de la India se sostiene que la verdadera liberación del hombre es la liberación de la avidya, de la ignorancia. No es la destrucción de todo lo positivo y real, lo cual no puede ser posible; sino la destrucción de lo que es negativo, lo que obstruye nuestra visión de la verdad. Cuando esta obstrucción, que es la ignorancia, se retira, sólo entonces el párpado se abre sin hacer sufrir al ojo (Tagore). Por pasarlo a términos del texto evangélico de hoy, el recobrar la vista es un punto de partida clave. Pero ahora quedan las tareas de construir adecuadamente, las metas en cada dimensión humana. Reintegrados a la vida social, con “ojos para ver”, ahora apenas comienzan las tareas que corresponden realizar a los hijos e hijas de la luz.
  6. Nos quedará una pregunta que quizás no se planteaban los catecúmenos cristianos de los primeros tiempos, al concluir esta catequesis cuaresmal. ¿Cómo salir de ese mundo de tinieblas y crecer en la luz de una vida nueva? No hay forma automática ni mágica. El mismo diálogo entre el ciego de nacimiento y los fariseos muestra, con observación psicológica muy fina, que los fariseos se iban hundiendo cada vez más en su ceguera en la medida en que discutían con el ciego curado, a pesar de estar trenzados en una discusión. Por el contrario quien había sido ciego de nacimiento se va aclarando progresivamente, incluso con las objeciones de los fariseos, hasta llegar al punto máximo cuando puede entender lo que significa ser “hijo del hombre”, es decir, alguien plenamente humano. Lo descubre al toparse con Jesús, pero lo descubre también en sí mismo. Quizás, provisionalmente, y apegándonos al relato que Juan ha puesto en escena con excelente pedagogía,  podemos decir que el curado sale de las tinieblas y pasa a la luz, en la medida en que tiene una apertura para reconocer más el valor de los hechos, que el de las creencias, o el de las ideologías, o de los prejuicios, como diríamos hoy. Lo guía la constatación de las obras de Dios que ahora puede percibir en la actividad de Jesús, y no la religión del templo, ni los prejuicios populares, ni el escepticismo de sus vecinos. El ciego curado tiene además una profunda confianza en que incluso en él, enfermo, mendigo, marginado social, se pueden manifestar las obras de Dios, realizadas por otros de sus semejantes, “mientras es de día”, como dice el evangelista. Esos trabajos de Dios por medio de los otros son aportes a la iluminación.  En nuestro caso hoy día, esa apertura de espíritu para no casarse con propagandas e incluso doctrinas de ninguna especie, y esa confianza en Dios, que es también confianza en sí mismo, nos dan la verdadera libertad, la actitud adecuada, para emprender ese largo camino de construcción de una vida que apunta a alcanzar la luz plena.Ω

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