08 febrero, 2015

5o domingo t.o.

Lect.: Job 7,1-4.6-7; I Cor 9,16-19.22-23; Mc 1,29-39

  1. Marcos continúa mostrando cómo con Jesús queda claro que el Reino de Dios ya está cerca, ya ha llegado a nosotros. O dicho de otra forma, que nos encontramos inmersos en la presencia de Dios. Ya el evangelista nos avivó el domingo pasado nuestra convicción de que, por más que experimentemos impulsos y fuerzas negativas dentro de nosotros mismos,—lo que llamaban entonces "espíritus malignos"—, nuestra fe da lugar a que solo el Espíritu de Jesús sea el que lleve el timón, el control de nuestra vida. Eso es lo que mostraba la “actividad exorcista” de Jesús.
  2. Hoy nos presenta otra faceta de la actividad de Jesús que reafirma también la cercanía del reino de Dios, Jesús como “sanador del poder absoluto de las enfermedades”. Para entender lo que quieren decir estos relatos de “curaciones milagrosas” recordemos que la mentalidad de las gentes del siglo I estaban a distancias inmensas de nuestra manera de entender la salud y la enfermedad en el siglo XXI. Por supuesto que no tenían idea de lo que eran las bacterias o los virus; tampoco podían entender cómo funcionaba el corazón o el cerebro ni, por tanto, lo que son los accidentes cardio vasculares o cerebro vasculares, o las enfermedades mentales. Ni lo que son el sistema sanguíneo o el proceso de reproducción de las células, para poder entender, por ejemplo, como atacan diversas formas de cáncer. En su visión simple de la vida, las enfermedades o eran causadas también por fuerzas ocultas, o eran castigo de Dios por nuestros pecados. Frente a estas creencias, en cambio, los relatos de curaciones de Jesús son entonces signos de que la presencia de Dios en que nos encontramos inmersos no causa enfermedades, sino restauración de vida. Jesús no elimina las fragilidades de la vida humana pero da fuerzas para que aun en las situaciones de debilidad y enfermedad se manifieste la gloria de Dios. Todos recordamos aquel texto de Juan (9:2) donde contradice la creencia popular de que aquel ciego de nacimiento lo era por su propio pecado o el de sus padres. Y claramente dice que en esa enfermedad también se puede manifestar la gloria de Dios.
  3. Jesús fortalece esa confianza radical, que llamamos fe, en que ni impulsos negativos internos, ni fuerzas externas destructivas, nos pueden impedir crecer hacia la plenitud de vida divina en nosotros. Como lo expresaba san Pablo en Rom 8:35, “Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?” Cierto que ingún peligro, enfermedad, muerte, desaparecen del todo de nuestra existencia, dada nuestra condición de criaturas imperfectas. Pero la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, ese reino de Dios que ya llegó a nosotros, sana nuestros corazones destrozados, como dice el salmo, y nos capacita y anima a seguir luchando para erradicar males y carencias en cuanto es posible. Y en toda circunstancia que nos toque vivir  nos permiten manifestar la gloria de Dios. Y, según la frase de san Ireneo, del siglo II, "la gloria de Dios es el hombre viviente". Hoy diríamos, la gloria de Dios se manifiesta en la integridad, la grandeza y plenitud del espíritu humano, aún en medio de las enfermedades y las limitaciones de nuestra naturaleza

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